sábado, 2 de noviembre de 2013

Desigualando

Lucen iguales. Y aunque sonríen como iguales sus ojos gritan algo diferente.

Van marcados con las marcas que el mercado mercadea, mercantilizados todos ellos a favor de sus marquetizadas pobrezas. Se saludan del mismo modo, se fotografían del mismo modo y con las mismas poses, se peinan masculinamente y femeninamente iguales, se corbatéan y encarteran con los mismos sufridos elementos ajados por la moda que los modela sin modelos y en moldes. 

Cantan, hablan, gritan, enojan, se enojan, pelean, detestan y felicitan con la misma insulsa mueca. Vaya uno a saber en donde se desalmaron, a juzgar por las relaciones públicas alimonadas que evocan sin invocar.

¿Qué hacer para ser aún más desamados, menos destacables, más copia fiel? Tal vez nada. Acorrentados y adocenados, desalmonados a favor de la corriente, la indecencia de la obsesión por ser diferentes entre iguales los estampilla y los devuelve despintados al remitente que los empaquetó.

'Hagamos la guerra y no el amor', asimilan decir. Qué más da. Ya seriados, no hay otra distinción entre ellos que el número que portan. Cuando comienzan a jadear, una pinza como de parque de diversiones los toma e intercambia por otro alguno que siga dormido pero respirante.

¿Yo? Yo no quiero mirar verlos más. Se me cansan los ojos de tanto mismo. Quiero aquello que me revive, me resueña, me recompone a fuerza de malambearme el alma. Para seguir despierto. Para seguir pensando en el amor.

Y amar desigualando.

Leído en la apertura del programa 148

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