domingo, 27 de mayo de 2018

Instantáneas


I.

Una instantánea del momento, que se aja con el tiempo. Permanencia, retina fiel que refracta al olvido. ¿Qué hacer con este anclaje a lo perdido?

Bálsamo para la propia historia de vueltas y más vueltas alrededor del sol, que algún día cesará y dejará constancia en el papel.

II.

Estamos hechos de nuestros propios recuerdos. Estamos hechos de historias.

Y viajamos con esa mochila, que será tan pesada como la fotografía que carguemos, o ligera como la esperanza de crear nuevas historias, dejándole lugar a los recuerdos, en una nueva vuelta alrededor del sol.

III.

Una instantánea del momento es justamente eso, una instantánea. Un instante, un momento que se fija en el tiempo y se borrará mucho más lentamente que la memoria.

Porque en su fugacidad la memoria mucho borra y poco deja, pero aquella foto queda. Tal vez acabe en un desván, olvidada por quienes heredan todo excepto lo que no se comercia.

Pero allí estará de todos modos, aún allí sobrevivirá. Mucho más, claro, que la fugaz memoria, que todo borra y poco deja.

IV.

Existen ciertos hilos que mueven aún las memorias ocultas, aquellas que no queremos, no podemos o no debemos rescatar del naufragio.

Existen ciertas fotos que se fijan en la retina del alma y no se borran ni deshaciéndose del papel.

Cámara curiosa, la memoria: toma instantáneas por propia voluntad, fotos que quedan para recordarnos el dolor. Aunque también haya alegrías en cada vuelta alrededor del sol.

V.

Suena una melodía. Ese aroma que llega inesperadamente. Un color, un sonido. Ese gesto tan espontáneo presentándose sin avisar. Y la memoria que enloquece, que revive como un saltimbanqui del delirio que brinca de un recuerdo a otro, de una lágrima a otra. O tal vez, de sonrisa en sonrisa. 

Lo efímero se hace presente para tocar fibras y pulsar cuerdas que no estaban ahí. O que quizás se escondían, las muy ladinas. Bendito sea el recuerdo que vuelve a sacar sonidos de ellas.

VI.

Una vez el tiempo comenzó a ser, y a veces siento que no fue sino hasta yo ser yo. Por eso, a veces los días caen como plomo y otras, como una suave lluvia de estación. En ambas circunstancias corren serpenteantes, como una gitana quejumbrosa que no sabe guardar silencio, mucho menos detenerse y menos aun, obviar.

Mi memoria recorre al tiempo y mis recuerdos lo apuran, pero él hará a su modo. Y no importa la lejanía, siempre se las ingeniará para hacerse oír.

VII.

Los planetas giran marcando las eras y las estaciones, y me ignoran sin más. Ellos ejercen con ancestral autoridad su costumbre de hacer el recorrido celeste más allá de mis propias ansiedades. Y está bien, supongo.

Reconozco que he comenzado a recorrer este universo hace relativamente poco, y siendo novato en estos menesteres seguramente merezca su destrato. Aunque tal vez esté confundido y se trate simplemente de ocupar el lugar que me corresponde en el baile de los días, en una vuelta más alrededor del Sol.

VIII.

Un parpadeo. Un abrir y cerrar de ojos que marca el instante en que miro y no miro, sé y dejo de saber si estás ahí, percibo y dejo de hacerlo. Y queda sin embargo, la sensación a flor de piel. 

¿Por qué es tan fiel la memoria a si misma, que con tan poco le alcanza? ¿Qué instantes, momentos, recuerdos le son ajenos como para no afincarse en ella? Ninguno.

No queda más que llevarla, acarrearla con pena o cargarla con alegría. Pero será tan liviana como aquello en que pongas, por un instante, la mirada. O tan pesada como mirarse a uno mismo.

IX

Si fuera posible, tomaría una instantánea que enseñara mi vida toda. Claro, no sería ya una foto sino una especie de rompecabezas formado con pequeños mosaicos retratándome segundo a segundo, haciendo yo esto y aquello, llorando y riendo, gritando y llamándome a silencio. También me mostraría amando y desarmando, deseando cielos y sosteniendo infiernos, rebotando y deteniéndome, y otras cosas que uno va intentando.

Visto de lejos sería como una gran mancha tornasolada, digna de ser observada desde diferentes ángulos para poder apreciar los brillos y las sombras que se producen según el lugar que ocupe el observador. A medida que va acercándose, comenzaría a apreciar los perfiles, las particularidades de cada momento y los detalles.

Ese mismo observador, claro, debería cumplir con dos condiciones. La primera, el deseo de detenerse. La segunda, una cierta curiosidad, casi un interés, digamos, en observar. Tal vez por eso es que dudo y me digo que jamás tomaría una instantánea de mi vida toda. Al menos yo, me conformo con estos pedazos.  

Leídos en las aperturas de los programas 
I: 372, 
II: 371, 
III: 373 y 427, 
IV: 377 y 393, 
V: 378, 
VI: 375 y 404, 
VII: 376, 
VIII: 406

sábado, 19 de mayo de 2018

Mederos

Bandoneón arrabalero, viejo fuelle desinflado...

Aerófono de la familia de los órganos de lengüeta, el bandoneón usado actualmente consta de 71 botones, 38 para el canto o melodía -mano derecha- y 33 para el bajo -mano izquierda-.

En cada una de estas cajas los botones abren u obturan una válvula que permitirá pasar el aire para excitar a la lengüeta. El aire es insuflado por medio de un fuelle que, comprimido por la presión del ejecutante, saldrá por el orificio seleccionado.

El bandoneón es el instrumento tanguero por antonomasia. Al escuchar su timbre nostálgico y quejumbroso, en cualquier tiempo o lugar que nos encontremos viajaremos al Río de la Plata. Pasearemos por las callecitas de Buenos Aires, y también de Rosario, mezclados con antiguos compadritos, Estercitas y actuales porteños demorados en alguna pausa memoriosa...

Nacido en Alemania en la tercera década del siglo XIX, fue diseñado como reemplazante del órgano de iglesia; una versión portátil y más económica para oficios religiosos rurales. Jamás hubieran imaginado sus inventores y primeros ejecutantes que este peculiar instrumento quedaría ligado para siempre al Tango y también a la obra de un creador extraordinario como Rodolfo Mederos.

Leído en la apertura del programa 369