viernes, 29 de noviembre de 2013

Ciudad propia

Una ventana al paisaje urbano.

La vereda, el árbol, la calle con adoquines colándose por entre el asfalto desgastado de tanto anticipo de pozo eterno. La boca de tormenta sigue ahí agazapada, amenazante y traicionera, tan segura como está de que nadie la tendrá en cuenta hasta la próxima lluvia fuerte, cuando todo vuelva a anegarse por culpa de la basura que la tapa. Pero ella no teme: en cuanto baje el agua vuelve al anonimato.

Los pájaros, modelo animal de resistencia fútil, siguen en su esfuerzo sobrehumano -sobrepajaruno, a decir verdad- por sostener su atavismo a ultranza frente a nuestra invasión reciente y tecnófila. Y siguen, como si nada, cantándole al amanecer y a la puesta del sol.

Y así se nos va haciendo cierta la ciudad. Dura y difícil en ocasiones, atractiva de puro pintoresca las más, refugio e intemperie ya en secuencia, ya superpuestos, depende.

Una ciudad, si es propia suele estar vagamente ausente en la presencia y fuertemente presente en la ausencia. Pero ella nunca se queja: simplemente está, siempre presta a ayudar anudando nuestros recuerdos.

Leído en la apertura del programa 151

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