jueves, 17 de abril de 2014

El cofre

Me detengo un momento para abrir la ligera tapa del cofre y mirar en su interior. A pesar de mis obsesiones, los objetos no están muy ordenados y se nota a simple vista que fueron ocupando lugares a medida que aparecieron o sucedieron, sin mayor estrategia o cálculo.

Podría enumerarlos casi de memoria, sin mirar: fragmentos de cielo, manojos de estrellas fugaces, una luz bastante tenue, cintas con grabaciones de suspiros, trozos de papel con anotaciones en tinta invisible, una luna con su correspondiente eclipse, la impresión de una mirada sobre mi alma, un manojo de hojas secas de aquel otoño y una maraña de cabellos húmedos recién salidos de la ducha. Entre otras muchas, muchísimas cosas. 

Porque además hay palabras. Montones de palabras. Seguramente hice bien en guardar muchas de ellas, aunque confieso que me tienta quitar y arrojar a la basura algunas que no deberían quedar allí. Pero no, decido dejarlas porque también son mías y necesito conservarlas hasta que pueda mejorarlas o definitivamente callarlas. 

¿Y los silencios? ¿Qué hacer con ellos? Decido dejarlos también. No me gustan, lo confieso, pero no los puedo negar. Fueron.

Vuelvo a mirar adentro del cofre -me distraje por un momento, ensimismado en mis pensamientos-, y me aseguro de que quede espacio para guardar lo mucho que aún resta aparecer, suceder y arreglar.

Lo cierro, sintiéndome muy afortunado. Puedo seguir guardando aquellas cosas hasta que se le deba echar llave a la ligera tapa, vaya uno a saber cuando.

Leído en la apertura del programa 172

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