viernes, 18 de septiembre de 2015

Jamás un monstruo hablará de otro monstruo.

En la variante cortazariana de la mitológica ave Roc, el odio filial pone a un monstruo a hablar de otro monstruo. Pero confieso que, luego de haberlo meditado largamente, creo que no deberíamos ser tan desconsiderados como para suponer que todos los monstruos cometen semejante acto de traición.

Es más: yo apoyaría fervientemente la idea de que jamás un monstruo habla de otro monstruo porque es seguro que desde pequeños aprenden a no hacerlo, y van confirmando tal tradición de leyenda en leyenda y de turba en turba, a medida que las van sufriendo.

Sería lógico, luego de tantas epopeyas y de tanto combate con igual cantidad de héroes, de tantos viajes a lo inhóspito y desconocido, y de tanto nacimiento extraordinario por lo épico y entreverado, que fuera así.

¿Cómo irían a quebrar ese monstruoso acuerdo cuando un Dante, por poner sólo un ejemplo, convirtió a algunos en guardianes del infierno? ¿Quién no se llamaría a silencio ante semejante destino? Echar raíces en el imaginario culposo de la humanidad como entidades agazapadas y listas a pegarle a cualquiera un buen susto en algún bosque, río, fuente, mar o isla, es una tan ardua como inmerecida tarea.

Pero claro, antes y después de Ctesias, Plinio y Herodoto siempre habrá panonios, pigmeos o cinocéfalos encontrándose para un trago en humana fantasía con Endriago, el Patagón o el Cerviferno.

Y tal vez Gilgamesh y las sirenas y los centauros y las arpías y el basilisco, y hasta un ogro y un licántropo seguirán haciendo de las suyas entre libros ajados, cátedras eruditas y floridas ignorancias. Pero podríamos asegurar con bastante certeza que jamás un monstruo hablará de otro monstruo.

Leído en la apertura del programa 268.

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