sábado, 17 de enero de 2015

Pasillos

La función principal de un pasillo, se sabe, es la circulación. Lo que suceda allí siempre será historia. Una transitoria, ligera, efímera. Breve. Casi la nada misma.

Dos lugares que se precien de tales, por caso cuarto y recepción, o puerta de ingreso y asiento 23 ventanilla delante del ala, aprovecharán esa fugacidad con fines únicamente utilitarios: yo aquí, tu allá y el pasillo largo que nos une. Sólo eso.

Afortunadamente, existen excepciones. Como aquella vez en que salí del camarote para encender un cigarro y me distraje caminando por el pasillo alfombrado. Luego de observar los delicados arabescos durante un buen rato intenté recordar el número de mi cuarto, pero no pude. Eran tantas las puertas que me perdí.

Cuando finalmente lo encontré, conocía para entonces tantas historias como puertas había abierto en la búsqueda de mi destino. Confundí caras, reconocí enemigos, desperté amores y amantes, y coseché odios. Todo mientras buscaba mi puerta.

Debo confesarte que me asiste una cierta fascinación por los pasillos, tal vez por mi condición natural de errante, ya no de cualquier camino sino de estos rectos senderos ignorados.

Los hay oscuros y también luminosos. Y los hay largos y espaciosos o tan estrechos como para permitir el paso de una persona a la vez. También están los terroríficos como los del Hotel Overlook y los inquietantes, como los de un laberinto.

En fin. Quisiera volver al relato de aquella oportunidad en que me perdí a causa de la alfombra. Una de las puertas que abrí -juro que era idéntica a la mía, luego comprendí que era igual a todas- daba a un camarote a oscuras. Creí reconocer tu respiración y me tendí a tu lado. Luego hicimos el amor.

Cuando se abrió la puerta, tus gritos y la luz que alcanzaba a entrar alumbraron mi error. Cúlpese a los pasillos y a esta extraordinaria e irresistible fascinación que ejercen en mí.

Leído en la apertura del programa 214.

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