viernes, 28 de junio de 2013

Diálogos

Tenía tan asumida su propia inteligencia que jamás creyó necesario detenerse a pensar una respuesta. Como el pistolero de un western de los años '50, no esperaba que el otro desenfundara su pregunta: él disparaba primero. Y la víctima siempre era todo intento de conversación, porque era imposible sostener alguna.

Tal era su consideración hacia su propia habilidad para intervenir y resolver las dudas acerca de cualquier asunto, que prestamente respondía aunque la pregunta no estuviera dirigida puntualmente a él.

Cuentan que el personaje en cuestión un buen día cayó en cuenta de que las respuestas que formulaba estaban dirigidas a sus propias preguntas. Al principio le extrañó un poco, pero no le preocupó demasiado.

Finalmente, comenzaron a agradarle esos diálogos consigo mismo. En algún punto tenían una ventaja: ya nadie ponía caras raras ni lo dejaba hablando solo, como hacían sus interlocutores cuando estaba afuera. Incluso creyó advertir cuando él desarrollaba sus inteligentes argumentos en pos de responderse una pregunta, que también el enfermero asentía con su cabeza.

Leído en la apertura del programa 129

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