miércoles, 15 de enero de 2014

Pero cuando muere un poeta

A Don Juan Gelman (1930 - Ayer)
Un ingeniero se muere, deja un puente.
Entonces vamos y lo admiramos, ahí está él.
Decimos: qué bello puente, es tan resistente, ¡y qué moderno!
Y un pintor va y se muerte y deja un lienzo.
En Tal museo nos admiramos de su obra.
Contamos: qué inspiración, es tan firme ese trazo, ¡qué bello!
Lo mismo si se muere un médico o un inventor o un herrero:
queda una marca en algún sitio y ese es su legado.
Y partimos raudos a venerar su obra
en el exacto lugar en que haya quedado.

Pero cuando se nos muere un poeta es diferente:
sus palabras no adornarán una plaza pública sino a nosotros.
No las encontraremos en una cuenta bancaria y tampoco en un museo.
Tanto buscar una mirada, tanto acompañar al dolor.
Tanto perseguir imposibles a la luz de una vela sin pisar este suelo.
Nunca fue en vano para el poeta tanto rosebud y tanta quimera.
Y tanto canto, y tanto cielo, y tanta bondad, y tanto celo.
Y tanta sed, alma, muerte, fatalidad, dolor, consuelo.
El poeta pervive en su legado de palabras:
en nosotros quedan sus versos.

Leído en la apertura del programa 158.

viernes, 10 de enero de 2014

Aconteció en el Almacén de Recuerdos

Lo miró de arriba abajo y luego le clavó la vista con intención intimidante. Su voz se tornó algo gutural cuando finalmente decidió hablarle, cosa que le resultó agradable por lo oportuna:

-Sus historias no tienen cabida aquí.

El Remendador Oficial dijo esto y percibió al momento la desazón en el rostro del Fabricante de Historias, razón por la cual se llamó a silencio. Hubiera sido doloroso insistir con otros argumentos. Después de todo, su tarea era únicamente la de remendar y se vería bastante favorecido con mucho tiempo libre si aquellas historias no ingresaban al Almacén de Recuerdos, actualmente bajo su administración. No habría qué remendar.

El Remendador Oficial quedó entonces a la espera de una disculpa en un hilo de voz por toda respuesta. Sin embargo, lo que escuchó a continuación lo sorprendió, de tan vehemente:

-¿Y qué hace un Remendador manejando los destinos del Almacén de Recuerdos?

El Fabricante, aunque por distintas razones, también se asombró por su propia respuesta, pero le complacía el haber tenido finalmente el valor suficiente para decirle exactamente lo que pensaba al respecto.

-Y no me voy a arrepentir justamente ahora-, se dijo para sí.

No sin picardía, encontró en la expresión en el rostro del Remendador la confirmación de aquello de que no hay mejor defensa que un buen ataque.

-Bueno, -respondió el burócrata- debo confesarle que yo me hice la misma pregunta cuando me nombraron para el cargo. Finalmente hallé la respuesta por mí mismo, por simple observación: eran tantas las historias viejas, repetidas y aun copiadas que llegaban a este mostrador que ya no alcanzaba con un Archivador Oficial y ni siquiera con un Clasificador Oficial: se hacía necesario un Remendador de alto escalafón, uno que tomara esas ajadas y decrépitas historias ya contadas y les hiciera un remiendo como la gente. Por suerte me eligieron a mí, y aquí me ve, haciendo mi trabajo. 

El Remendador dio por terminada la conversación, satisfecho por la claridad de su respuesta. Pero el Fabricante insistió:

-Pues mis historias son todas nuevas. No necesitan ni el más pequeño de los remiendos. Debería usted admitirlas por Mesa de Entradas.

Por primera vez desde que había comenzado su conversación con el Fabricante, el Remendador Oficial no supo qué responder. Acostumbrado como estaba a admitir y almacenar las historias recibidas únicamente después de remendarlas, la sola idea de tener entre sus manos historias nuevas le producía vértigo. Y luego, el temor: ¿qué haría sin historias que remendar? ¿perdería su puesto? ¡qué horror!

Sin inmutarse, seguro de su conquista, el Fabricante de Historias comenzó a relatarle al Remendador sus historias más frescas y fragantes. Algunas de ellas muy hermosas, otras llenas de dolor. Eran todas ellas, para el inesperado oyente, historias nuevas.

Tímidamente al principio pero con una creciente satisfacción a medida que los relatos avanzaban, el Remendador Oficial agradeció cada una de las historias.

-Tal vez -se dijo a sí mismo- el secreto de una buena historia no esté en cómo luce, sino en el lugar que ocupa en nuestro Almacén de Recuerdos.

Por primera vez se le ocurrió la idea de que se puede ser feliz con cualquier historia mientras sea una buena historia. Entonces se levantó de su sillón, se quitó el delantal de gris burócrata y le dio la vuelta al mostrador para sentarse junto al Fabricante, quien continuaba con el relato de sus historias.

El Fabricante de Historias nunca le confesó, por supuesto, que algunas de ellas ya habían sido contadas miles de veces. Relatar una historia, cualquier historia, era para él como contarla por primera vez.

viernes, 3 de enero de 2014

Milagro

Blanco, negro, verde o rojo.
Cielo, distancia, proximidad y perdón.
Sol, arena, viento y una luz.
Pinto, dibujo, escribo y también recuerdo.
Ventanas, laberintos, puertas sin cerrojos.
Una escalera al cielo o un puerto pirata.
Un guión de película o una historia de vida.
Suelo fértil, tierra reseca,
Y sin embargo, un árbol.
Todo fue, todo es, todo será.
¿Veo sueños que abren muros?
¿O muros coloridos que siguen siendo muros?
Me detengo, observo y decido:
El milagro está en la mirada.

Leído en las aperturas de los programas 156, 311 y 425

viernes, 27 de diciembre de 2013

El año que termina

Año que se fue rápido, este.

Yo sigo con mi vieja costumbre de no hacer balances -esa cosa culposa muy a nuestro estilo argentino que se parece mucho a la de tomar café con edulcorante luego de una cena pantagruélica. 

No se puede parar; sólo sirve continuar y crecer en lo que fue bueno y arreglar -o abandonar- lo que no sumó, aportó o cumplió su ciclo. Porque la dinámica de la vida no sabe de calendarios, sólo continúa.

Nadie moriría en Navidad, si no.

Así que, haciendo honor a algunas convicciones que me sumó la docencia, sostengo también en este plano de la vida eso de que la evaluación es parte del proceso -se evalúa a medida que se va viviendo, por caso. 

Se trata de la vida, y la vida es eso: a veces lo hago bien, a veces simplemente la pego, y las más de las veces he necesitado de un salvavidas a tiempo, y gracias a Dios llegó. 

Tuve de todo esto este año, como para no aburrirme: me gradué, escribí mucho, trabajé bien, viajé, conocí gente increíble y recuperé afectos perdidos en el tiempo. Se me cayeron algunos proyectos, otros llegaron a buen puerto con éxito y ya desde el inicio comienzo el nuevo año con varios proyectos más.

Toda esta perorata es simplemente para desearles un buen año que comienza a todos quienes me brindan cada viernes y desde hace 5 años, el placer de compartir este espacio y su amistad.

Leído en las aperturas de los programas 155 y 434 (con las variaciones del caso... )

viernes, 20 de diciembre de 2013

Laberinto

Es un laberinto sin entrada ni salida.
Creo recordar que entré en él durante un sueño.
O tal vez me equivoque y en realidad he nacido allí.
La cuestión es que no he hecho más que caminar entre recodos y sendas desde que recuerdo.
Y aunque Marechal sabía de laberintos, no pude usar aún su estrategia de escape porque no doy con el arriba.
Tampoco con el abajo.
Así que no tendré cielo pero tampoco infierno.
Sólo un laberinto.

Leído en las aperturas de los programas 160, 274 y 399.

miércoles, 18 de diciembre de 2013

A plena luz

La tierra celebra la lluvia abriéndose a ella y devolviendo en foresta la gentileza dispensada.

Más tarde el sol y el aire le darán continuidad a aquella danza en la que los elementos, a la manera de instrumentos vitales, desgranan la sinfonía multicolor que al tiempo crean y sostienen.

El hombre, mientras tanto y distraídamente, anega, encierra, pavimenta, refracta, pisotea, aniquila. Eficaz lacayo por mandato de las sombras, juega un juego que no le es propio. Y pierde, siempre pierde.

Releo y quisiera escribir, "el hombre celebra la vida abriéndose a ella y devolviendo en más vida la gentileza dispensada."

Tal vez se pueda reescribir esta historia, si es que empezamos a jugar un juego nuestro, propio, uno en el que ganemos todos, y a plena luz del sol.

Leído en las aperturas de los programas 154, 351 y 613

viernes, 13 de diciembre de 2013

Cine mudo

Una película muda. Un piano desafinado que salpica notas mal habidas desde el viejo disco de 78 RPM.

La imagen súbitamente se nubla, se oscurece, se acelera y al fin se detiene.

La luz blanca ilumina la pared que ahora se ve sucia, nada puedo hacer. Algún día, cuando tenga tiempo y me venga en ganas, dedicaré mi esmero a quitar esas manchas.

Hay varios rollos desparramados por la habitación. Todos ellos cuentan una historia, muestran algunas caras que desde la pantalla anticipan la furiosa nostalgia del devenir.

Dan ganas de quemarlos, pero lentamente y de a uno. No sea que aquellos fantasmas tomen forma en el humo y sea difícil enfrentarlos a todos, tan nostálgicos como están.

Pero no, me siento nuevamente en el sillón, no sin antes cargar otra cinta, dispuesto a mirar. La música suena otra vez, el gris de tristeza se dispara por entre la luz poderosa y ya nadie puede negar, ni yo mismo, que la vida que se registra abandonando la fragilidad de la memoria ya no es tan bella así, tal como fue.

Apago las luces y dejo una vez más que esos fantasmas de celuloide me nublen la mirada con aquella misma vieja emoción.

Leído en las aperturas de los programas 153 y 446

jueves, 12 de diciembre de 2013

Mr. Gray

Los criados escuchan un grito y entran.

El retrato conserva la frescura de la adolescencia.

A su lado en el piso un hombre apuñalado en el corazón lleno de arrugas.

Triste destino el de ser reconocido sólo por los anillos.

Leído en la apertura del programa 179


jueves, 5 de diciembre de 2013

Ciego revolución

Entre los tuertos, el ciego es súbdito.

Y nada más conveniente para el rey, que sus vasallos no vean. O como diría el más listo del condado, "que no lo vean". Que no sepan qué viste, cómo camina, en qué menesteres se ocupa y, cosa fundamental, que no sepan cómo el monarca los mira con su ojo único.

Pero ya se sabe: al perder uno de los sentidos, los cuatro restantes se desarrollan de manera especial. El tacto se hace más sensible aun, el olfato se refina, el gusto se depura y el oído se vuelve una conexión extraordinariamente vital con el mundo.

Y claro, es posible también un milagro: que el ciego recupere la vista, y de ambos ojos. Y vuelva a ver.

Suelen llamar a eso, revolución.

Leído en las aperturas de los programas 152 y 560

viernes, 29 de noviembre de 2013

Ciudad propia

Una ventana al paisaje urbano.

La vereda, el árbol, la calle con adoquines colándose por entre el asfalto desgastado de tanto anticipo de pozo eterno. La boca de tormenta sigue ahí agazapada, amenazante y traicionera, tan segura como está de que nadie la tendrá en cuenta hasta la próxima lluvia fuerte, cuando todo vuelva a anegarse por culpa de la basura que la tapa. Pero ella no teme: en cuanto baje el agua vuelve al anonimato.

Los pájaros, modelo animal de resistencia fútil, siguen en su esfuerzo sobrehumano -sobrepajaruno, a decir verdad- por sostener su atavismo a ultranza frente a nuestra invasión reciente y tecnófila. Y siguen, como si nada, cantándole al amanecer y a la puesta del sol.

Y así se nos va haciendo cierta la ciudad. Dura y difícil en ocasiones, atractiva de puro pintoresca las más, refugio e intemperie ya en secuencia, ya superpuestos, depende.

Una ciudad, si es propia suele estar vagamente ausente en la presencia y fuertemente presente en la ausencia. Pero ella nunca se queja: simplemente está, siempre presta a ayudar anudando nuestros recuerdos.

Leído en las aperturas de los programa 151, 386 y 593

lunes, 4 de noviembre de 2013

El fósforo y la felicidad

Anoche me fui a dormir convencido de que hoy finalmente sería feliz, tanto que lo vengo postergando.

Pero esta mañana, cuando desperté y fui directo a calentar el agua, al encender el fósforo se encendió también mi comprensión del asunto: la reticencia de la felicidad por apersonarse en mi vida se debe seguramente al hecho de haber vivido con el convencimiento de que la felicidad es un don, uno que se recibe como se recibe el aire en el acto mismo de respirar.

He sufrido, por lo tanto, la negligencia de quedarme esperando a que la felicidad llegue.

Me visto elegante, le preparo mesa en casa, pongo flores en el florero para ella, acomodo los cubiertos para los dos y me paro en la puerta a esperarla sin aguardar a toque el timbre. Pero nada. La felicidad no llega.

De allí mi asombro: sucedió esta mañana que junto con el fósforo se encendió mi comprensión del asunto. Ahora veo que debo cambiar de estrategia. 

Es tiempo entonces de dejar de esperar. Y buscar de una buena vez, ser feliz.

Leído en las aperturas de los programas 149 y 529

sábado, 2 de noviembre de 2013

Desigualando

Lucen iguales. Y aunque sonríen como iguales sus ojos gritan algo diferente.

Van marcados con las marcas que el mercado mercadea, mercantilizados todos ellos a favor de sus marquetizadas pobrezas. Se saludan del mismo modo, se fotografían del mismo modo y con las mismas poses, se peinan masculinamente y femeninamente iguales, se corbatéan y encarteran con los mismos sufridos elementos ajados por la moda que los modela sin modelos y en moldes. 

Cantan, hablan, gritan, enojan, se enojan, pelean, detestan y felicitan con la misma insulsa mueca. Vaya uno a saber en donde se desalmaron, a juzgar por las relaciones públicas alimonadas que evocan sin invocar.

¿Qué hacer para ser aún más desamados, menos destacables, más copia fiel? Tal vez nada. Acorrentados y adocenados, desalmonados a favor de la corriente, la indecencia de la obsesión por ser diferentes entre iguales los estampilla y los devuelve despintados al remitente que los empaquetó.

'Hagamos la guerra y no el amor', asimilan decir. Qué más da. Ya seriados, no hay otra distinción entre ellos que el número que portan. Cuando comienzan a jadear, una pinza como de parque de diversiones los toma e intercambia por otro alguno que siga dormido pero respirante.

¿Yo? Yo no quiero mirar verlos más. Se me cansan los ojos de tanto mismo. Quiero aquello que me revive, me resueña, me recompone a fuerza de malambearme el alma. Para seguir despierto. Para seguir pensando en el amor.

Y amar desigualando.

Leído en la apertura del programa 148

sábado, 26 de octubre de 2013

Viaje

Un viaje es el sendero que se transita y es la mirada abrumada por la noción de la marcha, y es también el recodo y el destino aquel que se espera y se sostiene como la tristeza sostiene al huérfano mientras recuerda.

Pero un viaje es por sobre todas las cosas un deseo preñado en la partida, parido a cada paso y creciendo de continuo a la medida del ardor que anticipa el llegar.

Es más que un anhelo, porque con sólo mirarlo se convierte en el regazo en donde duerme una ilusión que al despertar será otra cosa muy diferente, una que completará la medida de la sorpresa que se esconde en el dolor de la partida original.

Y hay sonidos y hay relatos mudos del que sólo ve y hay puertas que se abren y al salir queman o convierten en estatua de sal a quien se vuelve a mirarlas. Porque si algo de ruin tiene la partida -Dios me perdone- es que agota apenas nacida toda rendición posible, porque volver es para los cuerdos. Benditos sean los caminantes que antes de partir se negaron a sopesar su locura, prefiriendo desandarla mientras desandaban también la ruta.

Y basta ya: el viaje, cada viaje es un viaje único. Por eso dejo que la banda toque su música junto al devenir de la palabra justa, aquella que se dice en el exacto momento en el que uno comienza a ser lo que odia no ser. Será que eso es también parte del viaje.

Y el resto, un transcurrir entre la percepción de la nada y la ilusión de eternidad.

Leído en la apertura del programa 150

sábado, 12 de octubre de 2013

Farolitos

Faroles que alumbran el camino de pibes con techo de chapa, corazón de hierro y destino amasado solo en sueños.

Farolitos de luz clara que señalan calles cargadas de hombres y mujeres que patean la vida y de cartoneros con una ilusión a cuestas y de políticos ocupados en empedrar con oro sus propias calles mirando sin ver.

Luces que iluminan con el mismo combustible del Che, de las Madres: deseo, carencia, dolor, el hambre de los demasiados.

La mecha con que se enciende es como un hilo entretejido con sostenidos, bemoles, sentidos y compromiso.

Así alumbran estos Farolitos que iluminan nuestra emisión de Gigantes Gentiles de hoy.

Leído en la apertura del programa 144

jueves, 10 de octubre de 2013

Todos éramos felices

Cuando yo era chico, preadolescente digamos, nos juntábamos con los amigos de siempre, todos los días en la esquina de casa. Cacho era el distraído del grupo y Pablo el peleador. Emilio era el blanco de todas las cargadas porque tenía el cierre del vaquero más claro que el resto del pantalón, de tanto pasarse la mano por ahí. Luis era el más revoltoso: no podía quedarse quieto y estaba siempre corriendo y pateando cosas, además de la pelota de fútbol. Yo era del promedio, nada sobresaliente, sólo me destacaba por tenerle miedo a las alturas. 

Pero todos éramos felices. Eso fue a principios de los ’70. 

Hoy estaríamos complicados: Cacho sería diagnosticado con un Sindrome de Déficit de Atención. Pablo, en cambio, estaría muy adecuadamente definido dentro del modelo del abusador, gracias a una correcta comprensión de la problemática del bullying. Emilio estaría siendo tratado por su Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC) mientras que Luis sería convenientemente medicado por su Trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDHA). Yo hubiera ocultado mi acrofobia no subiendo más a los árboles. 

Pero ya nadie sería feliz. Tal vez sólo los terapeutas. 

Esta es una historia imaginaria, pero es un poco la historia de todos nosotros. Todos tuvimos algún Cacho, Pablo, Emilio o Luis de amigo. Pero así están las cosas hoy, no sólo en la esquina del barrio sino también en nuestras escuelas.