Me dispuse a escribir mis memorias, pero lo pensé mejor y preferí escribir mis olvidos. Los míos y los ajenos. Porque no se trata sólo de los amores, odios, placeres o penas que mandé a pasear en mi memoria, sino de los desplantes que me propinaron pretendidos amigos, novias, vecinos, colegas, camaradas y varios etcéteras.
¿Habrá un destino escrito, una especie de mandato para que uno se cruce con sujetos olvidables a futuro? Vaya uno a saber.
Lo cierto es que elegí los olvidos a contar y me dispuse a escribir, pero finalmente mi cuaderno quedó en blanco.
La memoria es sabia, más sabia que yo.
Leído en la apertura del programa 699
