miércoles, 18 de marzo de 2026

Dinosaurios vivos

Charly se equivocó. Lo siento, maestro, pero el tiempo ha demostrado que es así.

Alguien me dirá que es fácil decirlo, usando un lugar común, con el diario del lunes. Pero no es sin dolor que afirmo tal cosa. Es imposible que tanto sufrimimento, tanto dolor no tiña de algún modo nuestras palabras. Que sin embargo no pierden objetividad, solo duelen.

Vuelvo al involuntario error de mi admirado Charly: los dinosaurios no desaparecieron. Mutaron, se convirtieron, siguen escondidos pero a medias. Algunos, sí, sucumbieron al paso del tiempo, pero eso es otra cosa. Se murieron ellos pero su maldad permeó ciertos estratos y sobrevive allí, a la espera de vaya uno a saber que, pero lo intuye.

Charly querido, cuidado, los dinosaurios no desaparecieron. Y por eso es necesaria la memoria, único antídoto para su necedad, su perversidad, su gusto por infligir dolor, el morbo de sus ansias de robo de vidas. 

Cincuenta años, nada menos que cincuenta años llevamos recordando, pidiendo justicia, avanzando aun sabiendo que nos falta ese pedazo de gentes que nos desaperecieron y nos pertenecen. 

Seguiremos por cincuenta, cien, mil años más. Hasta que los dinosaurios y también sus ideas, desaparezcan, pero en serio. 

Leído en la apertura del programa 696

sábado, 7 de marzo de 2026

Juan, el boludo

Un boludo, Juan. Cada vez que alguien se atrevía a decir algo que tuviera que ver con su persona, por más buenas intenciones que tuviera, el susodicho estallaba en un grito, "¿y a vos que te importa?". 

Un boludo, Juan.

Pero aquella vez que se cruzó por casualidad con uno de la barra del club, el Cebolla, bien que arrugó. Bajó la vista y siguió de largo. 

Ese era Juan. El galán de pizzería que durante el día andaba con sus pantalones gastados y una remera que pedía pase a retiro, los sábados a la noche sin embargo se empilchaba como para ir al boliche top de la Zona Norte y terminaba planchando en la pista de la Sociedad de Fomento. Eso sí, no se sacaba ni por casualidad su tapado de gamuza blanco con cuello de piel, largo hasta los tobillos. Solo él, Juan el boludo, podía vertirse así. Pero eran los '70 y casi todo estaba permitido, tanto como lo estaban las camisas de corte al ombligo o los jeans de piel de durazno.

Juan era un par de años mayor y pretendía hacerlo notar siempre, aunque a nosotros el detalle no nos hacía diferencia. Era Juan, el que jugaba al fulbito en la cuadra con nosotros, y solo eso. Uno más.

Al tiempo nos mudamos de barrio con mi familia y no supe más de aquellos amigos, incluído Juan, el de tapado largo y humor corto. Seguramente, suponía yo, con los años conoció alguna minita en aquellos bailes y abandonó entre sus piernas aquel mal humor antológico, hasta que la embarazó. Tal vez ese fue el primer nocaut de los que la vida le propinaría para demostrarle, como suele hacerlo, que al final no era el piola que creyó ser en aquellos años de adolescencia, fulbito y bailes de barrio. Y se me ocurre que entonces empezó a fajarla a la minita, se quedó sin laburo, el pibe le hinchaba las pelotas y terminó tirándose abajo de un tren o durmiendo abajo del puente ferroviario que atraviesa el barrio.

Esta mañana, las vueltas de la vida, tomando mi cortado de siempre en el bar de la esquina me encuentro con una nota en el diario sobre Juan, el boludo. El artículo detallaba la vida y la carrera del notable investigador que había descubierto no sé que molécula que usada en tal medicamento curaba esto y aquello. Mientras tanto, disfrutaba de una vida tranquila junto a su esposa, hijos y nietos, retirado ya de la actividad como docente de una universidad europea. 

Entre aturdido y emocionado, cerré el diario, pagué el cortado y salí a continuar con mi monótona y solitaria vida. Quién lo hubiera dicho, al final el boludo era yo.