miércoles, 18 de diciembre de 2013

A plena luz

La tierra celebra la lluvia abriéndose a ella y devolviendo en foresta la gentileza dispensada.

Más tarde el sol y el aire le darán continuidad a aquella danza en la que los elementos, a la manera de instrumentos vitales, desgranan la sinfonía multicolor que al tiempo crean y sostienen.

El hombre, mientras tanto y distraídamente, anega, encierra, pavimenta, refracta, pisotea, aniquila. Eficaz lacayo por mandato de las sombras, juega un juego que no le es propio. Y pierde, siempre pierde.

Releo y quisiera escribir, "el hombre celebra la vida abriéndose a ella y devolviendo en más vida la gentileza dispensada."

Tal vez se pueda reescribir esta historia, si es que empezamos a jugar un juego nuestro, propio, uno en el que ganemos todos, y a plena luz del sol.

Leído en las aperturas de los programas 154, 351 y 613

viernes, 13 de diciembre de 2013

Cine mudo

Una película muda. Un piano desafinado que salpica notas mal habidas desde el viejo disco de 78 RPM.

La imagen súbitamente se nubla, se oscurece, se acelera y al fin se detiene.

La luz blanca ilumina la pared que ahora se ve sucia, nada puedo hacer. Algún día, cuando tenga tiempo y me venga en ganas, dedicaré mi esmero a quitar esas manchas.

Hay varios rollos desparramados por la habitación. Todos ellos cuentan una historia, muestran algunas caras que desde la pantalla anticipan la furiosa nostalgia del devenir.

Dan ganas de quemarlos, pero lentamente y de a uno. No sea que aquellos fantasmas tomen forma en el humo y sea difícil enfrentarlos a todos, tan nostálgicos como están.

Pero no, me siento nuevamente en el sillón, no sin antes cargar otra cinta, dispuesto a mirar. La música suena otra vez, el gris de tristeza se dispara por entre la luz poderosa y ya nadie puede negar, ni yo mismo, que la vida que se registra abandonando la fragilidad de la memoria ya no es tan bella así, tal como fue.

Apago las luces y dejo una vez más que esos fantasmas de celuloide me nublen la mirada con aquella misma vieja emoción.

Leído en las aperturas de los programas 153 y 446

jueves, 12 de diciembre de 2013

Mr. Gray

Los criados escuchan un grito y entran.

El retrato conserva la frescura de la adolescencia.

A su lado en el piso un hombre apuñalado en el corazón lleno de arrugas.

Triste destino el de ser reconocido sólo por los anillos.

Leído en la apertura del programa 179


jueves, 5 de diciembre de 2013

Ciego revolución

Entre los tuertos, el ciego es súbdito.

Y nada más conveniente para el rey, que sus vasallos no vean. O como diría el más listo del condado, "que no lo vean". Que no sepan qué viste, cómo camina, en qué menesteres se ocupa y, cosa fundamental, que no sepan cómo el monarca los mira con su ojo único.

Pero ya se sabe: al perder uno de los sentidos, los cuatro restantes se desarrollan de manera especial. El tacto se hace más sensible aun, el olfato se refina, el gusto se depura y el oído se vuelve una conexión extraordinariamente vital con el mundo.

Y claro, es posible también un milagro: que el ciego recupere la vista, y de ambos ojos. Y vuelva a ver.

Suelen llamar a eso, revolución.

Leído en las aperturas de los programas 152 y 560

viernes, 29 de noviembre de 2013

Ciudad propia

Una ventana al paisaje urbano.

La vereda, el árbol, la calle con adoquines colándose por entre el asfalto desgastado de tanto anticipo de pozo eterno. La boca de tormenta sigue ahí agazapada, amenazante y traicionera, tan segura como está de que nadie la tendrá en cuenta hasta la próxima lluvia fuerte, cuando todo vuelva a anegarse por culpa de la basura que la tapa. Pero ella no teme: en cuanto baje el agua vuelve al anonimato.

Los pájaros, modelo animal de resistencia fútil, siguen en su esfuerzo sobrehumano -sobrepajaruno, a decir verdad- por sostener su atavismo a ultranza frente a nuestra invasión reciente y tecnófila. Y siguen, como si nada, cantándole al amanecer y a la puesta del sol.

Y así se nos va haciendo cierta la ciudad. Dura y difícil en ocasiones, atractiva de puro pintoresca las más, refugio e intemperie ya en secuencia, ya superpuestos, depende.

Una ciudad, si es propia suele estar vagamente ausente en la presencia y fuertemente presente en la ausencia. Pero ella nunca se queja: simplemente está, siempre presta a ayudar anudando nuestros recuerdos.

Leído en las aperturas de los programa 151, 386 y 593

lunes, 4 de noviembre de 2013

El fósforo y la felicidad

Anoche me fui a dormir convencido de que hoy finalmente sería feliz, tanto que lo vengo postergando.

Pero esta mañana, cuando desperté y fui directo a calentar el agua, al encender el fósforo se encendió también mi comprensión del asunto: la reticencia de la felicidad por apersonarse en mi vida se debe seguramente al hecho de haber vivido con el convencimiento de que la felicidad es un don, uno que se recibe como se recibe el aire en el acto mismo de respirar.

He sufrido, por lo tanto, la negligencia de quedarme esperando a que la felicidad llegue.

Me visto elegante, le preparo mesa en casa, pongo flores en el florero para ella, acomodo los cubiertos para los dos y me paro en la puerta a esperarla sin aguardar a toque el timbre. Pero nada. La felicidad no llega.

De allí mi asombro: sucedió esta mañana que junto con el fósforo se encendió mi comprensión del asunto. Ahora veo que debo cambiar de estrategia. 

Es tiempo entonces de dejar de esperar. Y buscar de una buena vez, ser feliz.

Leído en las aperturas de los programas 149 y 529

sábado, 2 de noviembre de 2013

Desigualando

Lucen iguales. Y aunque sonríen como iguales sus ojos gritan algo diferente.

Van marcados con las marcas que el mercado mercadea, mercantilizados todos ellos a favor de sus marquetizadas pobrezas. Se saludan del mismo modo, se fotografían del mismo modo y con las mismas poses, se peinan masculinamente y femeninamente iguales, se corbatéan y encarteran con los mismos sufridos elementos ajados por la moda que los modela sin modelos y en moldes. 

Cantan, hablan, gritan, enojan, se enojan, pelean, detestan y felicitan con la misma insulsa mueca. Vaya uno a saber en donde se desalmaron, a juzgar por las relaciones públicas alimonadas que evocan sin invocar.

¿Qué hacer para ser aún más desamados, menos destacables, más copia fiel? Tal vez nada. Acorrentados y adocenados, desalmonados a favor de la corriente, la indecencia de la obsesión por ser diferentes entre iguales los estampilla y los devuelve despintados al remitente que los empaquetó.

'Hagamos la guerra y no el amor', asimilan decir. Qué más da. Ya seriados, no hay otra distinción entre ellos que el número que portan. Cuando comienzan a jadear, una pinza como de parque de diversiones los toma e intercambia por otro alguno que siga dormido pero respirante.

¿Yo? Yo no quiero mirar verlos más. Se me cansan los ojos de tanto mismo. Quiero aquello que me revive, me resueña, me recompone a fuerza de malambearme el alma. Para seguir despierto. Para seguir pensando en el amor.

Y amar desigualando.

Leído en la apertura del programa 148

sábado, 26 de octubre de 2013

Viaje

Un viaje es el sendero que se transita y es la mirada abrumada por la noción de la marcha, y es también el recodo y el destino aquel que se espera y se sostiene como la tristeza sostiene al huérfano mientras recuerda.

Pero un viaje es por sobre todas las cosas un deseo preñado en la partida, parido a cada paso y creciendo de continuo a la medida del ardor que anticipa el llegar.

Es más que un anhelo, porque con sólo mirarlo se convierte en el regazo en donde duerme una ilusión que al despertar será otra cosa muy diferente, una que completará la medida de la sorpresa que se esconde en el dolor de la partida original.

Y hay sonidos y hay relatos mudos del que sólo ve y hay puertas que se abren y al salir queman o convierten en estatua de sal a quien se vuelve a mirarlas. Porque si algo de ruin tiene la partida -Dios me perdone- es que agota apenas nacida toda rendición posible, porque volver es para los cuerdos. Benditos sean los caminantes que antes de partir se negaron a sopesar su locura, prefiriendo desandarla mientras desandaban también la ruta.

Y basta ya: el viaje, cada viaje es un viaje único. Por eso dejo que la banda toque su música junto al devenir de la palabra justa, aquella que se dice en el exacto momento en el que uno comienza a ser lo que odia no ser. Será que eso es también parte del viaje.

Y el resto, un transcurrir entre la percepción de la nada y la ilusión de eternidad.

Leído en la apertura del programa 150

sábado, 12 de octubre de 2013

Farolitos

Faroles que alumbran el camino de pibes con techo de chapa, corazón de hierro y destino amasado solo en sueños.

Farolitos de luz clara que señalan calles cargadas de hombres y mujeres que patean la vida y de cartoneros con una ilusión a cuestas y de políticos ocupados en empedrar con oro sus propias calles mirando sin ver.

Luces que iluminan con el mismo combustible del Che, de las Madres: deseo, carencia, dolor, el hambre de los demasiados.

La mecha con que se enciende es como un hilo entretejido con sostenidos, bemoles, sentidos y compromiso.

Así alumbran estos Farolitos que iluminan nuestra emisión de Gigantes Gentiles de hoy.

Leído en la apertura del programa 144

jueves, 10 de octubre de 2013

Todos éramos felices

Cuando yo era chico, preadolescente digamos, nos juntábamos con los amigos de siempre, todos los días en la esquina de casa. Cacho era el distraído del grupo y Pablo el peleador. Emilio era el blanco de todas las cargadas porque tenía el cierre del vaquero más claro que el resto del pantalón, de tanto pasarse la mano por ahí. Luis era el más revoltoso: no podía quedarse quieto y estaba siempre corriendo y pateando cosas, además de la pelota de fútbol. Yo era del promedio, nada sobresaliente, sólo me destacaba por tenerle miedo a las alturas. 

Pero todos éramos felices. Eso fue a principios de los ’70. 

Hoy estaríamos complicados: Cacho sería diagnosticado con un Sindrome de Déficit de Atención. Pablo, en cambio, estaría muy adecuadamente definido dentro del modelo del abusador, gracias a una correcta comprensión de la problemática del bullying. Emilio estaría siendo tratado por su Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC) mientras que Luis sería convenientemente medicado por su Trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDHA). Yo hubiera ocultado mi acrofobia no subiendo más a los árboles. 

Pero ya nadie sería feliz. Tal vez sólo los terapeutas. 

Esta es una historia imaginaria, pero es un poco la historia de todos nosotros. Todos tuvimos algún Cacho, Pablo, Emilio o Luis de amigo. Pero así están las cosas hoy, no sólo en la esquina del barrio sino también en nuestras escuelas.

lunes, 23 de septiembre de 2013

Apropiación

Formulario a completar para apropiarse del día:
Habría/debería/podría/tendría
[no táchese nada]
que ver si  _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _
[complétese la línea de puntos con el sueño de hoy]
Hágase y publíquese.
Envidia de la sana, se necesita.

jueves, 19 de septiembre de 2013

Me salen bien los sueños

No es lo mismo soñar que dormir y a mi me salen bien los sueños cuando estoy despierto.

Cierro los ojos y sueño, y vuelvo a abrirlos cuando quiero soñar porque no hay nada mejor que hacerlo como cuando sueño mis sueños.

El resto queda para cuando duermo: la pesadilla de soñar que no despierto y ya no puedo soñarte.

Leído en las aperturas de los programas 141, 305 y 526

domingo, 1 de septiembre de 2013

La lluvia y yo

En nuestro pueblo llueve todos los días y únicamente, de nueve a nueve y media de la mañana. La cuestión se complica, claro, para quienes comienzan sus labores bien temprano. En el campo arrancan al alba y el parate jode y obliga a la pausa no deseada. En el caserío en cambio, con apresurarse y llegar a destino a las ocho y cincuenta y cinco cincuenta y seis para estar a buen resguardo ya es suficiente. El problema se presenta si uno se retrasa, pero nada que un buen paraguas no pueda resolver. Todo es cuestión de organizarse.

A los remolones les resulta más sencillo sobrellevar la húmeda rutina porque miran llover por la ventana desde la cama o desde la cocina, desayunando.

No suelen ser lluvias demasiado importantes, salvo aquella del '63 que derribó medio pueblo, pero algunos nunca se acostumbran a ellas. Será por eso que en el último mitín de la sociedad "Hartos de la Lluvia", al que concurrieron además algunos de los integrantes de la comisión directiva de "Trabajadores por el Derecho a Estar Seco" y miembros de la ONG "Pare de Mojarse", se escucharon voces reclamando la sanción de la "Ley de Lluvias", que incorpora en el artículo 3 inciso 2 apartado 3c subtítulo 17 la obligación de que todo el pueblo salga de sus casas antes de las nueve de la mañana, a fin de poner a todos en pié de igualdad frente a las inclemencias del tiempo.

Yo me enteré esta mañana a las nueve y diez leyendo el diario mientras desayunaba en la cocina viendo caer la lluvia a través de la ventana. Y ahí mismo decidí mudarme al pueblo vecino, porque allá llueve y sale el sol sobre justos e injustos a cualquier hora. Y como corresponde, sin avisar.

Por eso me voy del pueblo: prefiero maldecir mi suerte al pisar una baldosa floja a dejar que otros decidan cómo debiera yo disfrutar de la lluvia.

Leído en la apertura del programa 140

Puesto a contar historias

Puesto a contar historias, el reloj necesita ser comprendido. De lo contrario es un frío, complejo e intrincado sistema mecánico de medición, y sólo eso.

Paso a explicarlo. Como todo el mundo sabe, mirarlo para nada más notar que el tiempo transcurre es una obviedad, y además tediosa. Y triste, también. No hay nada más penoso que repetir con la mirada ese ir sin venir: aunque para el artefacto sea sólo una vuelta más, para el observador es un minuto que se desvanece apenas visto. Por eso necesita dicho artefacto, decíamos, ser comprendido.

He aquí el modo en que me encamino a resolver tal cuestión: en lugar de contar las horas, minutos y segundos transcurriendo en círculos, mi reloj me cuenta historias. Y yo se lo permito. De este modo, el tiempo va dejando de ser una triste obviedad para convertirse en un cálido refugio de historias ya contadas.

Leído en las aperturas de los programas 145, 278 y 635

viernes, 30 de agosto de 2013

De un modo u otro, la radio.

¿Por qué me gusta tanto hacer radio?

Tiene algo de inexplicable; una sensación que sólo puede comprender quién alguna vez estuvo ahí. Una bella mezcla de placer, trabajo, responsabilidad y oportunidad. Y de compartir, un magnífico compartir de emociones, no importa de qué lado del mic estemos. Como cuando yo era chico y mi vieja escuchaba Rivadavia, con Fontana, Larrea, Carrizo. O como cuando adolescente y viajaba muy lejos en el Tren Fantasma, o cuando acompañaba a mi viejo de radio en radio llevando su música y sus sueños.

Siempre, de un modo u otro, la radio. Y finalmente, mi turno. Tardío, casi impensado pero de alguna manera siempre buscado. Y llegó.

¡Feliz día, querida radio! ¡Gracias por todo!

Leído en la apertura del programa 138