Ya no le tengo miedo a la tristeza. Es tanto lo que se pierde o simplemente se va, se esfuma o se escurre entre los dedos, últimamente. Por eso ya no le temo.
Y de mucho de aquello que partió no tuve tan siquiera, ya no la fortuna de detenerlo sino una oportunidad de arrepentimiento. O la de esperar simplemente un vuelto. Se es espectador en ocasiones.
Fueron alguna vez y dejaron de serlo, como la misma vida manda. Mi viejo, aquella guitarra, algún sentimiento.
Y entonces sólo queda la sal de una lágrima, la tierna obsesión por una foto raída, apenas una sensación -nada menos- grabada a fuego en algún pliegue del alma. Y cosas así.
Por eso no le temo a la tristeza. Tampoco la niego.
Como que tenemos algo parecido a un pacto: ella me recuerda que puedo ser feliz cuando quiero. Yo le prometo a cambio no enamorarme de ella mucho más que por un tiempo, lo que deba durar. No le temo.
Leído en la apertura del programa 173.
viernes, 2 de mayo de 2014
jueves, 17 de abril de 2014
El cofre
Me detengo un momento para abrir la ligera tapa del cofre y mirar en su interior. A pesar de mis obsesiones, los objetos no están muy ordenados y se nota a simple vista que fueron ocupando lugares a medida que aparecieron o sucedieron, sin mayor estrategia o cálculo.
Podría enumerarlos casi de memoria, sin mirar: fragmentos de cielo, manojos de estrellas fugaces, una luz bastante tenue, cintas con grabaciones de suspiros, trozos de papel con anotaciones en tinta invisible, una luna con su correspondiente eclipse, la impresión de una mirada sobre mi alma, un manojo de hojas secas de aquel otoño y una maraña de cabellos húmedos recién salidos de la ducha. Entre otras muchas, muchísimas cosas.
Porque además hay palabras. Montones de palabras. Seguramente hice bien en guardar muchas de ellas, aunque confieso que me tienta quitar y arrojar a la basura algunas que no deberían quedar allí. Pero no, decido dejarlas porque también son mías y necesito conservarlas hasta que pueda mejorarlas o definitivamente callarlas.
¿Y los silencios? ¿Qué hacer con ellos? Decido dejarlos también. No me gustan, lo confieso, pero no los puedo negar. Fueron.
Vuelvo a mirar adentro del cofre -me distraje por un momento, ensimismado en mis pensamientos-, y me aseguro de que quede espacio para guardar lo mucho que aún resta aparecer, suceder y arreglar.
Lo cierro, sintiéndome muy afortunado. Puedo seguir guardando aquellas cosas hasta que se le deba echar llave a la ligera tapa, vaya uno a saber cuando.
Leído en la apertura del programa 172
Lo cierro, sintiéndome muy afortunado. Puedo seguir guardando aquellas cosas hasta que se le deba echar llave a la ligera tapa, vaya uno a saber cuando.
Leído en la apertura del programa 172
Gabo
Desde aquella adolescencia con "Cien años de soledad" y ya de grande con "Relato de un náufrago" -las que más me cautivaron-, no tengo más que gratitud por ese hombre que se metió entre mis lecturas más queridas.
Tal vez como con la partida del Flaco Luis Alberto Spinetta, sentí al enterarme que realmente otra etapa de mi vida y mi aprendizaje se cerraba hoy.
Afortunadamente, queda la obra. Monumental y admirable, y también entrañable y del todo nuestra.
Se nos fue el Gabo.
Tal vez como con la partida del Flaco Luis Alberto Spinetta, sentí al enterarme que realmente otra etapa de mi vida y mi aprendizaje se cerraba hoy.
Afortunadamente, queda la obra. Monumental y admirable, y también entrañable y del todo nuestra.
Se nos fue el Gabo.
sábado, 12 de abril de 2014
Precipicio
La Verdad es más pura a la orilla del deseo.
Luce difusa y tan indiferente en los confines, y sin embargo allí a la vera de lo que no se es, se apersona como una tea recién encendida en la boca de la caverna más húmeda y gris.
La acompaña un sonido, mezcla de tonos, ruidos y quejidos que se extienden desde un extremo al otro de la cueva como una pantalla que sólo atina a brillar cuando cede el escozor y la luz desentraña, delatando.
La Mentira traicionera que esperaba agazapada tras el dolor de la Virtud, se fundió entonces al sólo contacto con la luz amarillenta de la llama figurada. Había concluido sin más que era su momento, sin percatarse de que sólo la Verdad es más pura a la orilla del deseo.
Para la Mentira, fue sólo un precipicio.
Leído en la apertura del programa 171
Luce difusa y tan indiferente en los confines, y sin embargo allí a la vera de lo que no se es, se apersona como una tea recién encendida en la boca de la caverna más húmeda y gris.
La acompaña un sonido, mezcla de tonos, ruidos y quejidos que se extienden desde un extremo al otro de la cueva como una pantalla que sólo atina a brillar cuando cede el escozor y la luz desentraña, delatando.
La Mentira traicionera que esperaba agazapada tras el dolor de la Virtud, se fundió entonces al sólo contacto con la luz amarillenta de la llama figurada. Había concluido sin más que era su momento, sin percatarse de que sólo la Verdad es más pura a la orilla del deseo.
Para la Mentira, fue sólo un precipicio.
Leído en la apertura del programa 171
miércoles, 2 de abril de 2014
Tras el manto de nuestras propias neblinas
En 1978, a los 18 casi 19 años, hice la colimba -ese acrónimo de “corre, limpia y barre” con el que los civiles reconocíamos burlonamente el tipo de entrenamiento militar que recibíamos durante ese período- y fue en la Marina, y estuve a punto de ser embarcado para una escaramuza de la dictadura militar -que no llegó al estatus de guerra- bajo el pretexto de una ocupación chilena del Canal de Beagle.
Estábamos todos muy asustados, ya que el único entrenamiento militar para la guerra que habíamos recibido habían sido un par de disparos en un polígono de tiro con un Garand Beretta, que ya para la época era viejo.
Las ordenes para esa escalada militar las daba un asesino megalómano con ambiciones políticas, no muy diferente al que las dio en Malvinas.
Aun habiendo vivido ese temor en carne propia, no puedo siquiera imaginar lo que vivieron esos chicos iguales a mi, con un entrenamiento militar similar al mío, en el frío, humedad, oscuridad y desolación de una trinchera.
A ellos, también víctimas de una guerra de la dictadura, mi respetuoso recuerdo y homenaje, cada 2 de abril.
Leído en la apertura del programa 267.
Estábamos todos muy asustados, ya que el único entrenamiento militar para la guerra que habíamos recibido habían sido un par de disparos en un polígono de tiro con un Garand Beretta, que ya para la época era viejo.
Las ordenes para esa escalada militar las daba un asesino megalómano con ambiciones políticas, no muy diferente al que las dio en Malvinas.
Aun habiendo vivido ese temor en carne propia, no puedo siquiera imaginar lo que vivieron esos chicos iguales a mi, con un entrenamiento militar similar al mío, en el frío, humedad, oscuridad y desolación de una trinchera.
A ellos, también víctimas de una guerra de la dictadura, mi respetuoso recuerdo y homenaje, cada 2 de abril.
Leído en la apertura del programa 267.
sábado, 15 de marzo de 2014
Jarrones holandeses
Corría el año 1886 cuando el ceramista Willem Van Der Zielwachten comenzó a fabricar sus famosos jarrones en un paraje cercano a la ciudad de Delft, en los Países Bajos.
De color azulado, característico de aquellas piezas que utilizaban el estaño como colorante para elaborar el esmalte cerámico, la producción de Willem abarcaba piezas tan variadas como baldosas, vasos, cazuelas, platos y utensilios, todos ellos decorados con los muy típicos paisajes holandeses: molinos, llanuras con tulipanes y damiselas en zuecos. Van Der Zielwachten había aprendido de los maestros artesanos que la porcelana blanca es más dura y resistente que la arcilla roja, esto sin mencionar sus magníficos colores -que la hacían mucho más atractiva a los ojos de sus clientes-, y de tal modo las fabricaba.
Sin embargo, las piezas favoritas de Willem, aquellas que elaboraba con gran detalle y dedicación, eran unos inútiles jarrones Delfts Blauw que lo obsesionaban. Eran inútiles porque el ceramista cerraba la boca del objeto en cuestión con una tapa, también de cerámica, imposible de abrir sin destruir completamente la pieza. De este modo, los jarrones servían como objeto decorativo -aspecto que no era en absoluto para desestimar-, pero no para el propósito primigenio de cualquiera de ellos. Como contener líquidos, por ejemplo.
Cierto día, Willem decidió confesarle a su mejor amigo Friederich Nieuwsgierig el motivo de su tan particular modo de elaborar jarrones. Era el siguiente: en el momento en que un cliente le encargaba una pieza, él recortaba un pequeño trozo de su propia alma para colocarla en el interior del jarrón. Una vez terminado el trabajo, cerraba la pieza herméticamente con aquella tapa que ya no podría abrirse.
-Es mi deseo que un jarrón hecho por mis manos no sea sólo un objeto más-, resumió a modo de confesión, y con eso concluyó la explicación.
A partir de entonces, el ceramista pasaba largas y frenéticas horas en su taller fabricando jarrones y recortando trocitos de su alma, que guardaba provisoriamente en una caja bellamente decorada y muy bien acolchada para que, de tan pequeños, no se arruinasen por un golpe o raspadura, y mucho menos se extraviasen.
Sucedió entonces aquel hecho que todos los habitantes del paraje recuerdan -también los habitantes de Delft, públicamente ellos lo admiten-, una tragedia que irrumpió en la tranquila y bucólica vida de los ceramistas holandeses, transformándola para siempre.
Un buen día, Willem decidió abandonar toda otra actividad que no fuera fabricar sus jarrones con tapa conteniendo trocitos de su alma. No se lo vio ya más por la taberna del pueblo y hasta dejó de solicitar los favores de Ingrid, su prometida entrada en carnes y en placeres.
Grande fue la sopresa de Friederich Nieuwsgierig cuando, ya muy preocupado por la suerte de su amigo luego de varios días de incertidumbre, se dirigió al taller para conocer su paradero y si, por caso, algo grave le hubiera sucedido. Al entrar al lugar divisó el cuerpo del ceramista tendido en el piso, muerto y aferrado a un jarrón Delfts Blauw con el último retazo de su alma adentro, que no alcanzó a tapar.
Según escribiera Friederich en su diario personal muchos años después, para la época en que murió Willem los holandeses ya no compraban porcelana proveniente de China, de excelente calidad por cierto, sino la que fabricaban sus propios ceramistas. Afirmaban con orgullo que la suya no sólo era la porcelana blanca más dura, resistente y con más bellos colores y figuras en todo el mundo. Además -y todos reconocían el mérito de Willem en ello- sus creaciones ya no eran simples objetos. Ahora tenían un alma.
De color azulado, característico de aquellas piezas que utilizaban el estaño como colorante para elaborar el esmalte cerámico, la producción de Willem abarcaba piezas tan variadas como baldosas, vasos, cazuelas, platos y utensilios, todos ellos decorados con los muy típicos paisajes holandeses: molinos, llanuras con tulipanes y damiselas en zuecos. Van Der Zielwachten había aprendido de los maestros artesanos que la porcelana blanca es más dura y resistente que la arcilla roja, esto sin mencionar sus magníficos colores -que la hacían mucho más atractiva a los ojos de sus clientes-, y de tal modo las fabricaba.
Sin embargo, las piezas favoritas de Willem, aquellas que elaboraba con gran detalle y dedicación, eran unos inútiles jarrones Delfts Blauw que lo obsesionaban. Eran inútiles porque el ceramista cerraba la boca del objeto en cuestión con una tapa, también de cerámica, imposible de abrir sin destruir completamente la pieza. De este modo, los jarrones servían como objeto decorativo -aspecto que no era en absoluto para desestimar-, pero no para el propósito primigenio de cualquiera de ellos. Como contener líquidos, por ejemplo.
Cierto día, Willem decidió confesarle a su mejor amigo Friederich Nieuwsgierig el motivo de su tan particular modo de elaborar jarrones. Era el siguiente: en el momento en que un cliente le encargaba una pieza, él recortaba un pequeño trozo de su propia alma para colocarla en el interior del jarrón. Una vez terminado el trabajo, cerraba la pieza herméticamente con aquella tapa que ya no podría abrirse.
-Es mi deseo que un jarrón hecho por mis manos no sea sólo un objeto más-, resumió a modo de confesión, y con eso concluyó la explicación.
A partir de entonces, el ceramista pasaba largas y frenéticas horas en su taller fabricando jarrones y recortando trocitos de su alma, que guardaba provisoriamente en una caja bellamente decorada y muy bien acolchada para que, de tan pequeños, no se arruinasen por un golpe o raspadura, y mucho menos se extraviasen.
Sucedió entonces aquel hecho que todos los habitantes del paraje recuerdan -también los habitantes de Delft, públicamente ellos lo admiten-, una tragedia que irrumpió en la tranquila y bucólica vida de los ceramistas holandeses, transformándola para siempre.
Un buen día, Willem decidió abandonar toda otra actividad que no fuera fabricar sus jarrones con tapa conteniendo trocitos de su alma. No se lo vio ya más por la taberna del pueblo y hasta dejó de solicitar los favores de Ingrid, su prometida entrada en carnes y en placeres.
Grande fue la sopresa de Friederich Nieuwsgierig cuando, ya muy preocupado por la suerte de su amigo luego de varios días de incertidumbre, se dirigió al taller para conocer su paradero y si, por caso, algo grave le hubiera sucedido. Al entrar al lugar divisó el cuerpo del ceramista tendido en el piso, muerto y aferrado a un jarrón Delfts Blauw con el último retazo de su alma adentro, que no alcanzó a tapar.
Según escribiera Friederich en su diario personal muchos años después, para la época en que murió Willem los holandeses ya no compraban porcelana proveniente de China, de excelente calidad por cierto, sino la que fabricaban sus propios ceramistas. Afirmaban con orgullo que la suya no sólo era la porcelana blanca más dura, resistente y con más bellos colores y figuras en todo el mundo. Además -y todos reconocían el mérito de Willem en ello- sus creaciones ya no eran simples objetos. Ahora tenían un alma.
viernes, 7 de marzo de 2014
Según Wikipedia
Apariencia de realidad.
La sensación de estar presente.
Imágenes.
Un dispositivo denominado visor.
Sensores diseñados para simular la percepción.
Diferentes estímulos intensifican la sensación de realidad.
Límites difusos que separan lo que es real de lo que no lo es.
Lo llaman "Realidad virtual",
un enredo con el cordón de fibra óptica
en una matriz cibernética
irremediablemente parecido al sopor de ya no pensar.
Para muchos, simplemente la realidad.
Leído en la apertura del programa 165
La sensación de estar presente.
Imágenes.
Un dispositivo denominado visor.
Sensores diseñados para simular la percepción.
Diferentes estímulos intensifican la sensación de realidad.
Límites difusos que separan lo que es real de lo que no lo es.
Lo llaman "Realidad virtual",
un enredo con el cordón de fibra óptica
en una matriz cibernética
irremediablemente parecido al sopor de ya no pensar.
Para muchos, simplemente la realidad.
Leído en la apertura del programa 165
domingo, 23 de febrero de 2014
Cuenco
Un cuenco vacío.
Ánimas por pares
que zozobran antes de ser.
Y la permanencia.
Una sin distancias,
libre de escozor y por miradas.
Y la persistencia,
algarabía de estar allí
sin una sentencia firme.
Y la desazón,
esa en tonos de gris.
Yo prefiero algún color.
Leído en la apertura del programa 167
Ánimas por pares
que zozobran antes de ser.
Y la permanencia.
Una sin distancias,
libre de escozor y por miradas.
Y la persistencia,
algarabía de estar allí
sin una sentencia firme.
Y la desazón,
esa en tonos de gris.
Yo prefiero algún color.
Leído en la apertura del programa 167
sábado, 22 de febrero de 2014
Uno de nosotros
Estábamos los dos,
pero se me hace que no nos vimos.
O tal vez sí nos vimos,
pero no nos encontramos.
O nos encontramos
y finalmente no nos reconocimos.
O quizás sí nos reconocimos
pero no nos encontramos.
O nos encontramos y no nos vimos.
Ahora que lo pienso,
tal vez no nos vimos
porque no estábamos los dos.
Sólo uno de nosotros.
Leído en la apertura del programa 164
pero se me hace que no nos vimos.
O tal vez sí nos vimos,
pero no nos encontramos.
O nos encontramos
y finalmente no nos reconocimos.
O quizás sí nos reconocimos
pero no nos encontramos.
O nos encontramos y no nos vimos.
Ahora que lo pienso,
tal vez no nos vimos
porque no estábamos los dos.
Sólo uno de nosotros.
Leído en la apertura del programa 164
jueves, 20 de febrero de 2014
Transparencia
Entrecierro los ojos, en ese esfuerzo típico que es un intento de ver mejor, y funciona. Alcanzo a divisar entonces que algo se agita debajo de aquel velo.
Esa transparencia que lo cubre me deja entrever su contenido, aunque -debo ser sincero- no acierto a entender el sentido de esas líneas, de esas curvas, de esas formas.
Tomo coraje, me acerco y descorro el velo. Sorpresivamente el objeto comienza a oscurecerse, hasta que finalmente se opaca y oculta de mi vista su interior.
Intuyo que si vuelvo a cubrirlo, aquel objeto informe me enseñará nuevamente su contenido. Pero no, no lo hago, porque siento que la única certeza que me queda en este momento, lo confieso, es esta desazón provocada por una transparencia que se empeña en ocultarme algo.
Leído en la apertura del programa 163.
Esa transparencia que lo cubre me deja entrever su contenido, aunque -debo ser sincero- no acierto a entender el sentido de esas líneas, de esas curvas, de esas formas.
Tomo coraje, me acerco y descorro el velo. Sorpresivamente el objeto comienza a oscurecerse, hasta que finalmente se opaca y oculta de mi vista su interior.
Intuyo que si vuelvo a cubrirlo, aquel objeto informe me enseñará nuevamente su contenido. Pero no, no lo hago, porque siento que la única certeza que me queda en este momento, lo confieso, es esta desazón provocada por una transparencia que se empeña en ocultarme algo.
Leído en la apertura del programa 163.
domingo, 2 de febrero de 2014
Botella, silencio, bruma
No puedo decir hoy -vaya descuido el mío-, qué cosa contiene la botella que lancé ayer al mar.
El acto de arrojarla -aquel que supuse heroico-, nubló el necesario desvelo por los sentidos y las palabras.
Ahora mismo surgen de su interior -de sus entrañas-, los malabares de unos silencios que no hacen más que arrojarme a la bruma.
Leído en las aperturas de loe programas 161 y 347
El acto de arrojarla -aquel que supuse heroico-, nubló el necesario desvelo por los sentidos y las palabras.
Ahora mismo surgen de su interior -de sus entrañas-, los malabares de unos silencios que no hacen más que arrojarme a la bruma.
Leído en las aperturas de loe programas 161 y 347
sábado, 1 de febrero de 2014
Anima mundi
Una larga letanía de precioso detalle
hilvana recuerdos de aquello que fue y ya no será.
hilvana recuerdos de aquello que fue y ya no será.
Demasiado precioso, me digo,
para tan breve celo por aquellos sueños
que se obstinan en el abandono.
para tan breve celo por aquellos sueños
que se obstinan en el abandono.
Yo respiro, tu respiras, todo respira, y sería de necios
negarle entidad a tan ilustre cosa que nos sucede.
negarle entidad a tan ilustre cosa que nos sucede.
Ciclos de una vida que agobia
de tanto negarse a vestir el ropaje
que supo lucir una vez y bruscamente apartó.
de tanto negarse a vestir el ropaje
que supo lucir una vez y bruscamente apartó.
Momentos antes de implotar, el cielo que supe tener
me niega las estrellas que brillaron para mí alguna vez.
me niega las estrellas que brillaron para mí alguna vez.
¿Y qué decirle a la tierra, si está allí desde siempre?
¿Qué reclamarle al ánima, si la certeza es ciega?
¿Por qué iría a caer alguna otra hoja de ese árbol,
si ya tocaron suelo todas, apenas comenzado el otoño?
¡Ya sabemos que nada las sostiene, es sólo su voluntad!
Pero como todo en esta tierra, también ellas suelen perder.
Yo mismo, por momentos deseo estar y por momentos, partir.
Yo mismo, por momentos deseo estar y por momentos, partir.
Y al igual que aquellas hojas, aquellas estrellas,
aquel cielo y aquellas certezas ciegas,
aquel cielo y aquellas certezas ciegas,
nada me sostiene, a excepción de mi sola voluntad.
Pero es otoño, y cada estación seguirá doliendo
si es que la mejor de todas ellas se resiste a llegar.
Leído en la apertura del programa 168
Leído en la apertura del programa 168
miércoles, 29 de enero de 2014
Verano gigante
(Escrito y leído por Raúl Astorga para nuestro programa.
¡Gracias, Raúl!)
¡Gracias, Raúl!)
El tipo asociaba el verano con el rock desde tiempos inmemoriales, entonces se le había hecho costumbre, hábito, carne la idea de andar por la calle con una radio portátil que además de contar con recepción AM / FM, se ajustaba a exacta medida del bolsillo trasero izquierdo de su jean. De allí hacia arriba, el cable del auricular estéreo.
Ese día fue una experiencia única, alucinante, que ni en Villa Gesell en los setenta había experimentado. No le creía demasiado al locutor, que entre tema y tema insistía en confirmar los 45 grados de sensación térmica. No le creía. No. Incluso cuando vio con sus propios ojos que la portátil despedía humo y un aroma desagradable, mientras el gabinete se deformaba entre sus dedos.
Masticando bronca y tristeza en partes iguales, escuchó al extraño que bajaba de una camioneta con una mujer que asentía ante la sentencia, tal vez colofón de una lúcida conversación llevada a cabo en la refrigerada cabina:
-"Menos mal", decía el extraño, "que esta ola de calor se dio en verano, que te agarra de vacaciones y te podés poner cualquier cosa."
Y subrayó con el cierre de la alarma.
Leído en la apertura del programa 159
jueves, 16 de enero de 2014
Ella en el piano
Se sentó y puso su atención en las teclas. Yo puse entonces mi atención en ella.
Sus dedos rozaban cada nota intentando recordar aquella vieja melodía de cine. Mientras tanto, aproveché su descuido una vez más y comencé a observarla con atención. Aunque confieso que mirarla es ya casi una obsesión de mi parte.
El piano obedecía a su toque del mismo modo que suele hacerlo mi corazón a su sola mirada. Cada nota dibujaba la melodía, haciéndola reconocible y convirtiéndola en el acompañamiento perfecto para mi embelesamiento.
Y así fueron avanzando los acordes, los minutos y mis latidos.
Definitivamente, es una gran artista. Nadie acompaña a mi alma cuando le canta, como lo hace ella.
Leído en las aperturas de los programas 166, 296, 405 y 537
Sus dedos rozaban cada nota intentando recordar aquella vieja melodía de cine. Mientras tanto, aproveché su descuido una vez más y comencé a observarla con atención. Aunque confieso que mirarla es ya casi una obsesión de mi parte.
El piano obedecía a su toque del mismo modo que suele hacerlo mi corazón a su sola mirada. Cada nota dibujaba la melodía, haciéndola reconocible y convirtiéndola en el acompañamiento perfecto para mi embelesamiento.
Y así fueron avanzando los acordes, los minutos y mis latidos.
Definitivamente, es una gran artista. Nadie acompaña a mi alma cuando le canta, como lo hace ella.
Leído en las aperturas de los programas 166, 296, 405 y 537
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