El apostador apuesta lo que tiene.
Baraja historias,
las reparte sobre la mesa.
Las cartas están a la vista.
Sabe, como todos,
quién es la banca
y que la casa siempre gana
aunque a veces tiemble o se demore.
Y sabe también lo que se juega
porque de un modo u otro
ese apostador es él mismo
y a la vez, todos nosotros.
Mira las cartas con atención,
las ordena a su modo
y en ese orden gana y pierde
según el destino o el azar,
en medida igual
aunque haga trampa.
Puede ponerle un nombre,
llamarla según su antojo,
pero no importa como la mente,
siempre será, con lógica,
su propia suerte.
Dicen los expertos que el 56 por ciento de los argentinos tenemos un linaje parcial o totalmente indígena. Es decir que no somos tan europeos como creemos.
La cosa es que parece que parte de la historia queda registrada en el material genético que acarrean los humanos, y así se puede saber de dónde venimos. Según dicen, se leen los códigos inscritos en el ADN mitocondrial y en el cromosoma Y, que permanecen inalterables en las distintas generaciones. Una característica genética que no necesariamente se manifiesta con algún rasgo físico visible.
Por eso dicen que se sobreestima el componente europeo. Cuidado, entonces: el día del respeto a la diversidad cultural podría incluirte.
¿Cuál es el centro del Universo?
¿En dónde lo encuentro?
¿En la pasión, en mi muerte,
en el tiempo?
¿Estará en este abrazo, en la sed,
en tu regazo?
¿Será que, aunque neutro,
es igual de necesario?
¿Será que por inalcanzable
no lo hallo?
¿Será que no es otra cosa
que tu cuerpo?
¿En dónde está,
cómo lo encuentro?
¿Será ese su secreto,
saberme en su búsqueda
pero no dar su paradero?
¿Cuál es tu centro, Universo?
Esta historia comienza como comienzan muchas historias: con un muerto. Sí, allí estaba, era él, ¿quién lo diría?
A decir verdad, el asunto comenzó cuando él y yo hablamos más temprano por teléfono,
-"Al llegar a la Avenida, en la esquina con la cortada, doblá", me dijo por toda indicación. "Es la puerta descascarada con restos de pintura blanca".
El silencio de aquella noche sin gente y sin autos -insólito momento en esa Avenida tan transitada- cayó como plomo sobre la zona, tan oscura como la noche misma.
-"No me advertiste sobre esto", le respondí en mis pensamientos como si estuviéramos frente a frente.
Seguí caminando con la sola compañía de mi sombra, una aliada entregada sin embargo a los caprichos de un farol intermitente. Al escuchar mis propios pasos en el silencio me creí personaje de la novela que me desveló hace un tiempo. Una de misterio, era.
Al llegar a la puerta descascarada con restos de pintura blanca, dí tres golpes y al tercero la puerta se abrió sola. Ese hecho, más el agudo chirriar de los goznes, logró sacarme de mis pensamientos y, no lo puedo negar, advertí que más allá de esa entrada comenzaba una historia.
La luz fría, parpadeante, había preanunciado una igualmente fría bienvenida, tanto como la muerte misma. Que no era la mía.
Dicen las crónicas, revisando aquel pasado, que Woodstock marcó un final de época. Ya nada sería como fue en aquella década de los '60 rara, como encendida, llena de warhols y psicodelia y hippismo y flores en los cañones de los fusiles. Y también llena de palos y de dolor.
Los '70 del disco y el punk, los '80 del glam, los lánguidos '90 de Seattle y sus bermudas con botas, y los 2000 también, tampoco pudieron, no pueden igualarlo.
Pero están los jóvenes, como hace 50 años en Woodstock. Y como están hoy, sacudiendo angustias y desazones en este mundo abandonado. Pero no están solos y tristes, sino juntos.
Alguno dirá, no sin razón pero con rencor, que "el sistema" se los terminará fagocitando. Pero confiemos: están, crean, viven, esperan. Como muchos de nosotros todavía hacemos, a 50 años de aquella utopía de paz, música y amor.
Caminando bajo la lluvia intensa, fría, evito romper los reflejos de neón en los charcos y las baldosas flojas, mientras me dejo abrumar por el aroma del agua, de la fronda y de la hierba del parque próximo. Siento que mis pensamientos pesan más que mi ropa ya mojada, y pienso en qué, cuándo, dónde. Logro perderme finalmente en la noche húmeda. Ya no tiene sentido volver a casa si mis pasos en soledad que te anhelan siempre, no pueden saciarse más que con tu nombre.
Hoy no tenía ganas de trabajar, así que me propuse vivir de glorias pasadas. No fue fácil encontrarlas, las muy ladinas se escondían pa' que no las viera.
Una muy brillante quiso escapar, la agarré de la cola y se me zafó de las manos. Otras se dieron por aludidas y mostraron la cara, pero se negaron a ser verdad. Finalmente, ante tanta negativa las dejé en paz. Eran la sombra de lo que habían sido.
Sin embargo una vieja gloria, tan vieja como yo, se apoyó contra el marco de la puerta, se cruzó de brazos y en tono entre condescendiente y tierno me dijo, "glorias ya no hay, solo recuerdos".
Una larga tarde,
escuchando mil veces: ...anuncia la salida de su servicio de las...
en una espera que desespera.
Mira a cada rato un reloj
que parece reírse de su impaciencia
a paso de caracol.
Maldice tener que salir a fumar
con este frío,
porque adentro no la dejan.
"Hay amores que merecen cigarrillos" -piensa-,
"aunque el cardiólogo diga que no."
¿Qué sabe él de corazones como el suyo, rotos?
¿Qué tomógrafo podría mostrale tanto desprecio,
tanto abandono?
¿Mirará su ECG con la representación gráfica
de aquel desamor?
Finalmente, la voz impersonal
que la acompañó aquella tarde eterna
avisa que su turno llegó.
Bendito el momento: algo termina
y da comienzo a otra vida.
Como una Penélope cansada de esperar,
allá va con sus bultos,
que pesan menos, mucho menos
que las penas que deja atrás.
Presentado en las aperturas de los programas 424 y 487
Tanto mármol, tanto filo,
tanto frío desencanto.
Las palabras que calan la piedra
necesitan ser tomadas de la mano
por si sienten, por si arañan,
por si sufren juntas la pasión del desvelo
pero dicen nada.
Un mentís aquí, un decir allá,
una miríada de intentos
convertidos en agujeros negros
perdidos en una galaxia
en la que todos duermen.
Palabras en la piedra que resisten lluvias,
sobreviven y cargan sentido
solo si sobrevuelan
el recuerdo vivo.
Volando al ras del cielo,
mira, se asombra y descansa.
La necesidad de alivio
lo deposita sobre pétalos
que han caído suavemente
y esperando, allí quedan.
No es sencilla la persistencia,
eso de tratar de volar
escudándose en los viejos hábitos
de guardar los secretos
que jamás compartimos.
Leído en las aperturas de los programas 411, 454 y 485
Me escapé por la tangente
-aunque la geometría nunca fue lo mío-.
Quise ser secante
y cortar tus curvas por dos puntos
pero resultó poco, vos querías más,
querías que sea tu cuerda,
pero, insisto, no es lo mío.
Por eso seguí de largo,
y aquí me tenés, llorando mi pena
hasta que encuentre mi compás.
Tal vez mañana te proponga
dibujar tu circunferencia.
Si es que logro entrar, claro,
para hacer centro en tu centro.
Un rumor
y un color,
y las leves condiciones
que me impone la noche.
Si supiera cómo hablarte,
si pudiera contemplarte,
cabría el Sol en mis manos
y en tu deseo la Luna.
Entonces la lluvia
se detendría
al paso de las palabras
que soñamos.
Un dolor
y un calor,
y las leves condiciones
que me impone la noche.
Leído en las aperturas de los programa 408, 542 y 638
Gracias al puente que tendió Alejandro Guarino, escritor y gran amigo de nuestro programa, fuimos convocados para una charla vía telefónica con Nolo Correa en su programa Hablando de Arte, por Radio Rivadavia, la que comparto aquí con nuestros oyentes y amigos.
Muy amena, y enmarcada por amistades en común como Alejandro y Eduardo Serenelli, hablamos de radio, de FM AZ, de Gigantes Gentiles y la música, y también de mis textos de apertura, los mismos que compartimos en este espacio.