Alguien me dirá que es fácil decirlo, usando un lugar común, con el diario del lunes. Pero no es sin dolor que afirmo tal cosa. Es imposible que tanto sufrimimento, tanto dolor no tiña de algún modo nuestras palabras. Que sin embargo no pierden objetividad, solo duelen.
Vuelvo al involuntario error de mi admirado Charly: los dinosaurios no desaparecieron. Mutaron, se convirtieron, siguen escondidos pero a medias. Algunos, sí, sucumbieron al paso del tiempo, pero eso es otra cosa. Se murieron ellos pero su maldad permeó ciertos estratos y sobrevive allí, a la espera de vaya uno a saber que, pero lo intuye.
Charly querido, cuidado, los dinosaurios no desaparecieron. Y por eso es necesaria la memoria, único antídoto para su necedad, su perversidad, su gusto por influgir dolor, el morbo de sus ansias de robo de vidas.
Cincuenta años, nada menos que cincuenta años llevamos recordando, pidiendo justicia, avanzando aun sabiendo que nos falta ese pedazo de gentes que nos desaperecieron y nos pertenecen.
Seguiremos por cincuenta, cien, mil años más. Hasta que los dinosaurios y también sus ideas, desaparezcan, pero en serio.
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