En el día de la fecha ha nacido quién será el famosísimo Pedro M., futuro ilustre escritor, poeta, docente y activista político. Sus progenitores, José M. y Marta P. de M., sabrán forjar en él un amor por el prójimo que se pondrá en evidencia a través de los gestos solidarios con los que hará el bien a muchos de sus contemporáneos. A la edad de 10 años descubrirá su gusto por la música, comenzando sus estudios de violín que lo llevarán a recorrer los mayores escenarios del mundo. Escribirá 5 novelas, más de 100 poemas y varios ensayos sobre la vida de los más destacados filántropos, muchos de los cuales aun no nacieron. Contraerá enlace con María J., con quién tendrán 3 hijos. Vivirá una vida plena y llena de logros, pero lo que más disfrutará será la certeza de no saber cuando se escribirá su obituario.
Cerró su perfil en la red social con la frase, "Ya nada es lo que solía ser y tampoco como solía ser. Es otra cosa". Sus seguidores no llegaban a discernir si se refería a la soledad o a sus intentos de suicidio anteriores. O a ambos. Así las cosas, pasaban distraídamente al muro siguiente sin más.
Cuando la situación se definió, uno de sus amigos sugirió la idea y los demás estuvieron de acuerdo: esculpirían aquella frase en su lápida. De este modo ya no se trataría de un pensamiento temporal, transitorio, efímero como todo pensamiento, sino uno grabado en la piedra. Para siempre.
Su fatal destino, según se ve, fue pasar de lo efímero a lo permanente haciendo una escala en el cementerio.
tal vez alcancen las palabras
y la oscuridad sea menos incierta
aunque queden pocas esperanzas
cuando lo obvio me hace su víctima
para jugar con el que sabe
que sólo yo cargo mis cargas
y despacho con destino seguro
lo que nunca se habrá de encontrar
si se reciben los mensajes del día
que nadie nunca llegará a comprender
Me duele acá, acá y también acá.
Me duele cada sitio del cuerpo que sitiaste
tocando, acariciando, besando.
Será el dolor de extrañar,
el dolor del "yanomequerés",
ese dolor que tanto se teme
y que alguna vez llega.
Presiento que dolerá por siempre
o hasta que llegue esa otra.
La que jura amor eterno.
Inexorable, amante de todos.
Perseverante, arribando al final.
Fielmente, eternamente. Leído en las aperturas de los programas 272 y 573
En un caluroso día de 1930, casi 40 años después de que Jesse W. Reno demostrara por primera vez el funcionamiento de una escalera mecánica en Coney Island, la Señora se levantó de su cama más temprano de lo habitual, desayunó muy rápidamente y se vistió con sus mejores galas. Ese día se inauguraría el primero de estos artilugios en su ciudad, más precisamente en el Centro Comercial, y no sería ella quién iría a perderse aquel estreno.
Ya en el lugar y al llegar su turno de abordar el moderno artefacto, el primer escalón móvil atrapó el borde del vestido de la Señora como si la dentadura de una bestia enorme y feroz la hubiese tomado, arrastrándola y succionándola hasta hacerla desaparecer en el extremo superior de la escalera rodante, frente al estupor del resto de los concurrentes.
Veinte años estuvo la Señora con su falda atrapada en el primer escalón de la escalera mecánica del Centro Comercial. Los primeros días salía con su cara desencajada, como es de suponer, gritando por auxilio. Con el correr de los días dejó de gritar y pocos meses después comenzó a relatar sus conocidas 'historias en 50 escalones' -como las llamarían luego los ocasionales transeúntes-, que era lo que duraba su salida al exterior. Exactamente el largo de la escalera.
La Señora bajaba a los infiernos del dorso de la escalera para contar en sus salidas al exterior aquello que había visto. Sus historias de fantasmas, seres fabulosos, personajes oscuros y paisajes de ensueño que fueron tema recurrente de las historias que contaba, fascinaban a su auditorio.
Finalmente, un día caluroso de 1950 la Señora no salió. Los presentes, que se habían agolpado para escuchar las historias de ese día, con estupor esperaron una señal de su aparición sin éxito. Temieron entonces lo peor.
Algunos de los Señores que pululaban por el lugar, se reunieron más tarde en torno a las mesas del Café del Centro Comercial a discutir sobre el tema. Muchos de ellos afirmaban haber visto a la Señora caer al destrabarse el borde de su falda, segundos antes de dar la siguiente vuelta para salir al exterior. Otros en cambio, entendían que de algún misterioso modo la Señora había decidido soltarse por propia voluntad de su trampa, para quedarse a habitar alguno de aquellos paisajes que tan bien había relatado, y con tanto entusiasmo, a lo largo de veinte años y cincuenta escalones.
Siete monedas.
¿Son de plata, de oro o latón?
¿O acaso son del mismo material
que los tiempos idos?
Una me fue arrebatada por un pordiosero,
aquel que encuentro cada día
al abrir una puerta cualquiera.
Dos para mis ojos, una en cada uno,
llegado el tiempo de la siega.
Arrojo otra al aire, van cuatro,
colocándola entre mis pulgar e índice,
siempre a la distancia.
Me quedan tres, lo pienso y las guardo.
No sé cuándo pueda necesitarlas
y tampoco, de réditos y garantías,
aunque finalmente me entierre a mí mismo.
No sé, qué querés que te diga... me quedé sin palabras. Sólo con mis pensamientos y recuerdos.
Me acordé del Wincofón y de las largas jornadas de descubrimiento adolescente. De la invitación de aquellos años a bucear en el rock y en esa cosa extraña que llamaban clásica, hasta hacerlos propios en nombre de la psicodelia y otras bestias que estábamos creando.
-Che, ¿sabías que Ginastera es argentino? -¿Y quién es Ginastera? -Vení, escuchá...
Y sonaba la Tocatta por Emerson, Lake and Palmer hasta que desde la cocina estallaba el "¡bajá eso!" de mi vieja. Seguiría sonando, claro, más bajito pero no mucho.
Cuando uno habla de la banda de sonido de nuestra vida es porque se ha tomado muy en serio eso del Flaco Spinetta, de que "toda la vida tiene música hoy".
Y mientras tanto, lo inexorable llega... por muchas vías pero con una única razón: igualarnos.
Algunas nostalgias son pacíficas, o al menos
disimulan y con eso es suficiente.
Otras son crueles y se jactan pero no es grave,
después de todo son sólo nostalgias.
Cómo en aquel juego de niños, recuerdos
pasarán pasarán, pero el último quedará.
Y una pena más hará noche en la melancolía.
Leído en las aperturas de los programas 263, 348 y 473.
Bajo las escaleras.
Ruedo por ellas, más bien.
Y sigo cayendo.
Sin dejar de existir,
al menos hasta el próximo descanso.
La paradoja de estar vivo.
Rodar.
Detenerme.
Insistir.
Y revivir con la sola vista
de aquella puerta entreabierta.
Allí arriba.
Peldaño, escalón, grada,
estribo, paso, grado.
Una y otra vez
no importa cómo,
cómo los llame, me derrotan.
Y otra vez y una vez más, ruedo.
Para tener que
para poder ya
para necesitar ahora
recomenzar.
Los ruidos son fuertes.
Son ruidos como
de huesos rotos
o de disparos,
o de vidrios quebrados,
puede ser, sí.
O de mis entrañas detonando.
Escucho y me digo
sin terminar la frase,
que en otra ocasión
cuando tanto ruido no haya,
tal vez me pregunte
qué habrá detrás
de aquella puerta
entreabierta.
Pero no me oigo.
Crack Bang Crash Boom...
Casi como en una experiencia en otra dimensión -ustedes disculparán la ilustración, típica de las sagas de ciencia ficción a las que soy aficionado-, vi mi accidente como si hubiera estado en ese momento fuera del cuerpo. De mi propio cuerpo.
En el momento mismo en que el ladrillo que un albañil descuidado dejó caer desde el segundo nivel me dio de lleno en la cabeza, pude verme a mi mismo en el suelo, ensangrentado. Curiosamente, lo primero que llamó mi atención fue la música que continuaba saliendo por los auriculares. Mi celular, como era de esperar, no se dio por enterado del incidente y continuó con su destino de playlist.
Noté entonces la salida presurosa de algunos obreros dispuestos a atenderme, aunque confieso que creí ver en sus rostros una preocupación mayor por las consecuencias legales del descuido que por mi salud, aunque tal vez sólo haya sido una impresión de mi yo en esa otra dimensión, un estado ciertamente novedoso para mi.
Mientras llegaba la ambulancia de la emergencia, comenzaron a atender a mi cuerpo tirado inmóvil en el piso, y yo -éste otro yo- me distraje mirando alrededor. La gente iba y venía, ocupados en sus asuntos. Una cantidad de ellos se alineaba frente a un cajero automático ubicado en la otra vereda, todos con notorio fastidio por la molestia del próximo feriado largo y distraídos con los números de las cuentas a pagar. Algunos metros más allá, una mujer joven había detenido el cochecito en un intento de calmar el llanto de su bebé. El mozo del café de la esquina miró desde lejos y siguió su camino rumbo a la siguiente mesa, no sea que se enfríe el café y el patrón se enoje.
Recordé entonces la letra de un conocido tango, y casi sin querer lo recité en voz alta: "...y el mundo sigue andando..." Y pensé, mientras notaba que mi cuerpo con el ladrillo en la cabeza seguía allí tendido sin responder, que poco importa lo que hace uno con su cabeza mientras no se interponga en las rutinas de alguien más. Leído en la apertura del programa 260
Sabrá usted disculpar si mi explicación del fenómeno pudiera ser más bien pedestre, pero también comprenderá que no soy un investigador y tampoco un académico; sólo soy un observador, uno muy bueno por cierto, y que se jacta de ello.
Mi explicación del fenómeno, decía, es la que trataré de presentar acto seguido. Pero permítaseme un prolegómeno: es menester que dedique unas líneas a hurgar en las razones de mi explicación, a fin de presentarlas al interesado antes de afirmar tal pretendida cualidad. Motiva mi alocución el que considero es un evidente y deliberado silencio por parte de mis congéneres frente a la ignominia que significa la carencia total de explicación observada por mí, habilidad ésta, la de observar, que he referido ut supra.
¿Qué hacer con tal silencio? ¿Cómo obviar una explicación o declaración o justificación o, finalmente, una resolución frente a tamaño desconocimiento del fenómeno y aquello que lo provoca? Lejos de mí cualquier simulación o fingimiento de las reales y dramáticas consecuencias de perpetuar tal estado de ignorancia. Jamás cejaría en el intento de traer claridad en el asunto que nos ocupa, aunque me vaya la vida en ello. Supe conservar desde tiempos pretéritos la hidalguía y compostura necesarias para abordar manifestaciones similares, siempre de buen talante y con la confianza de quién se sabe en lo cierto, a pesar de los contratiempos y sinsabores.
Dicho esto, paso a detallar las habilidades y pericias que me hacen acreedor a vuestra confianza en que resolveré adecuadamente la intriga que nos concierne. Sepa usted que he recorrido el mundo en reiteradas ocasiones, ya como delegado, ya como trashumante, ya como simple vagabundo y errante. Tales peripecias y aconteceres, considero le han otorgado a mi consabida habilidad una consistencia y fiabilidad ciertamente envidiables. Acto seguido comenzaría con mi tan anunciada explicación, de no ser por el tren que ya ha arribado al andén y debo abordar con prontitud. Le aseguro que lejos de mí está dejar a mi próximo interlocutor casual sin la consabida capacidad de observación que me distingue, y usted mismo ha sabido apreciar.