Digo, las cosas, todas. Los recuerdos, los pedacitos de otras cosas que uno encuentra, las partes de algo que se desarmó o rompió, ese souvenir de los viajes de alguien más, aquella forma rara que uno encuentra y guarda, y eso.
Las cosas suelen tener vida propia y algunas hasta deciden en donde morir. Esa cosa que uno necesita y nunca aparece, es un caso. Y que decir que lo que uno deja en un lugar de la casa, por decir algo, arriba de un estante y año tras año junta polvo en el mismo sitio, cosa inútil, innecesaria y sin embargo, allí queda, incólume hasta que el azar, el destino o la señora que limpia deciden su fin.
Y las otras. Ah, las otras, las que necesitamos, saben esconderse. Imposible hallarlas, pero aparecerán cuando definitivamente ya no se necesiten o hayamos comprado otra igual.
Las cosas son raras, si. Pueden decidir por sí mismas, tienen voluntad propia. Y se divierten con nuestras ansiedades y manías.
¡Qué inteligentes son las cosas!

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