El dueño del lugar maltrata al personal, no se permite el mínimo error. Observando la escena, sus ocasionales visitantes simularán empatía para ocultar el desprecio de fondo. Pero ellos son ellos y nosotros somos nosotros. Y quien va a discutirlo, piensa.
En una oficina el jefe grita a los cuatro vientos, se queja amargamente porque la turba que tiene como empleados no deja su vida en servicio de las ganancias de la empresa. Tipos que se atreven a querer una vida pero no pueden. Con todo lo
que deben, piensa.
El politico que vocifera desde su banca, acomoda el discurso a la
conveniencia del momento. La conveniencia suya, claro. ¿Problemas? Ya mentirá soluciones el próximo que gane, piensa.
Tristemente todos ellos olvidan que habrán de dejar del mismo modo sus huesos entre los grumos de tierra y los bichos. Son ciegos y sin memoria. Todos.
No ganarán ni perderán favor alguno ni podrán eludir aquel momento inevitable. Razón de más para tratar, no de vivir en un eterno balance financiero sino de disfrutar las sencillas ganacias de una conciencia en paz.
La forma en que vivimos hace una diferencia.
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