sábado, 7 de marzo de 2026

Juan, el boludo

Un boludo, Juan. Cada vez que alguien se atrevía a decir algo que tuviera que ver con su persona, por más buenas intenciones que tuviera, el susodicho estallaba en un grito, "¿y a vos que te importa?". 

Un boludo, Juan.

Pero aquella vez que se cruzó por casualidad con uno de la barra del club, el Cebolla, bien que arrugó. Bajó la vista y siguió de largo. 

Ese era Juan. El galán de pizzería que durante el día andaba con sus pantalones gastados y una remera que pedía pase a retiro, los sábados a la noche sin embargo se empilchaba como para ir al boliche top de la Zona Norte y terminaba planchando en la pista de la Sociedad de Fomento. Eso sí, no se sacaba ni por casualidad su tapado de gamuza blanco con cuello de piel, largo hasta los tobillos. Solo él, Juan el boludo, podía vertirse así. Pero eran los '70 y casi todo estaba permitido, tanto como lo estaban las camisas de corte al ombligo o los jeans de piel de durazno.

Juan era un par de años mayor y pretendía hacerlo notar siempre, aunque a nosotros el detalle no nos hacía diferencia. Era Juan, el que jugaba al fulbito en la cuadra con nosotros, y solo eso. Uno más.

Al tiempo nos mudamos de barrio con mi familia y no supe más de aquellos amigos, incluído Juan, el de tapado largo y humor corto. Seguramente, suponía yo, con los años conoció alguna minita en aquellos bailes y abandonó entre sus piernas aquel mal humor antológico, hasta que la embarazó. Tal vez ese fue el primer nocaut de los que la vida le propinaría para demostrarle, como suele hacerlo, que al final no era el piola que creyó ser en aquellos años de adolescencia, fulbito y bailes de barrio. Y se me ocurre que entonces empezó a fajarla a la minita, se quedó sin laburo, el pibe le hinchaba las pelotas y terminó tirándose abajo de un tren o durmiendo abajo del puente ferroviario que atraviesa el barrio.

Esta mañana, las vueltas de la vida, tomando mi cortado de siempre en el bar de la esquina me encuentro con una nota en el diario sobre Juan, el boludo. El artículo detallaba la vida y la carrera del notable investigador que había descubierto no sé que molécula que usada en tal medicamento curaba esto y aquello. Mientras tanto, disfrutaba de una vida tranquila junto a su esposa, hijos y nietos, retirado ya de la actividad como docente de una universidad europea. 

Entre aturdido y emocionado, cerré el diario, pagué el cortado y salí a continuar con mi monótona y solitaria vida. Quién lo hubiera dicho, al final el boludo era yo.

sábado, 21 de febrero de 2026

Por dentro

Un abigarrado manojo,
mis sensaciones.
Aire luz voces el rocío,
todo me provoca y más,
más me someto a ellas. 
Fajo hoz racimo gavilla,
puñado de sentires 
a flor de piel.
¡Cómo quisiera desnudarme de ellos!
Pero, ¿qué sería de mi entonces?
Guardo resto para la eternidad.
Mientras tanto me desvivo
por vivir ya vivo
sin dejar que mi garganta
clame por silencio.
Mi vida es estruendo puro
pero por dentro. 

miércoles, 28 de enero de 2026

Solo míos

Perder para ganar, tal vez
de eso se trate la memoria.
Perder algunos lugares, objetos, promesas
por viajar, por renunciar, por vivir,
por dejarlos atrás para ganar otras vidas.
¿Podría haber amontonado
en aquellos rincones polvorientos
memorias, objetos y miradas,
de añorados tiempos idos?
¿Tendría hoy recuerdos para hermanar
con cosas desperdigadas por ahí,
esas inmóviles que solo ocupan espacio?
Seguramente. Pero son elecciones.
No lamento tanto haber perdido
aquella memorabilia acumulada
porque puedo dar por ganada más vida,
la que guardo aquí y cargo
con gusto en mi mochila.
Un hombre puede guardar
objetos propios y ajenos,
pero nada hay para mí
como aquellos que viajan conmigo,
porque somos ellos y yo.
Vívidos recuerdos, solo míos.