viernes, 27 de diciembre de 2013

El año que termina

Año que se fue rápido, este.

Yo sigo con mi vieja costumbre de no hacer balances -esa cosa culposa muy a nuestro estilo argentino que se parece mucho a la de tomar café con edulcorante luego de una cena pantagruélica. 

No se puede parar; sólo sirve continuar y crecer en lo que fue bueno y arreglar -o abandonar- lo que no sumó, aportó o cumplió su ciclo. Porque la dinámica de la vida no sabe de calendarios, sólo continúa.

Nadie moriría en Navidad, si no.

Así que, haciendo honor a algunas convicciones que me sumó la docencia, sostengo también en este plano de la vida eso de que la evaluación es parte del proceso -se evalúa a medida que se va viviendo, por caso. 

Se trata de la vida, y la vida es eso: a veces lo hago bien, a veces simplemente la pego, y las más de las veces he necesitado de un salvavidas a tiempo, y gracias a Dios llegó. 

Tuve de todo esto este año, como para no aburrirme: me gradué, escribí mucho, trabajé bien, viajé, conocí gente increíble y recuperé afectos perdidos en el tiempo. Se me cayeron algunos proyectos, otros llegaron a buen puerto con éxito y ya desde el inicio comienzo el nuevo año con varios proyectos más.

Toda esta perorata es simplemente para desearles un buen año que comienza a todos quienes me brindan cada viernes y desde hace 5 años, el placer de compartir este espacio y su amistad.

Leído en la apertura del programa 155

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