jueves, 5 de diciembre de 2013

Ciego revolución

Entre los tuertos, el ciego es súbdito.

Y nada más conveniente para el rey, que sus vasallos no vean. O como diría el más listo del condado, "que no lo vean". Que no sepan qué viste, cómo camina, en qué menesteres se ocupa y, cosa fundamental, que no sepan cómo el monarca los mira con su ojo único.

Pero ya se sabe: al perder uno de los sentidos, los cuatro restantes se desarrollan de manera especial. El tacto se hace más sensible aun, el olfato se refina, el gusto se depura y el oído se vuelve una conexión extraordinariamente vital con el mundo.

Y claro, es posible también un milagro: que el ciego recupere la vista, y de ambos ojos. Y vuelva a ver.

Suelen llamar a eso, revolución.

Leído en la apertura del programa 152

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