domingo, 1 de septiembre de 2013

La lluvia y yo

En nuestro pueblo llueve todos los días y únicamente, de nueve a nueve y media de la mañana. La cuestión se complica, claro, para quienes comienzan sus labores bien temprano. En el campo arrancan al alba y el parate jode y obliga a la pausa no deseada. En el caserío en cambio, con apresurarse y llegar a destino a las ocho y cincuenta y cinco cincuenta y seis para estar a buen resguardo ya es suficiente. El problema se presenta si uno se retrasa, pero nada que un buen paraguas no pueda resolver. Todo es cuestión de organizarse.

A los remolones les resulta más sencillo sobrellevar la húmeda rutina porque miran llover por la ventana desde la cama o desde la cocina, desayunando.

No suelen ser lluvias demasiado importantes, salvo aquella del '63 que derribó medio pueblo, pero algunos nunca se acostumbran a ellas. Será por eso que en el último mitín de la sociedad "Hartos de la Lluvia", al que concurrieron además algunos de los integrantes de la comisión directiva de "Trabajadores por el Derecho a Estar Seco" y miembros de la ONG "Pare de Mojarse", se escucharon voces reclamando la sanción de la "Ley de Lluvias", que incorpora en el artículo 3 inciso 2 apartado 3c subtítulo 17 la obligación de que todo el pueblo salga de sus casas antes de las nueve de la mañana, a fin de poner a todos en pié de igualdad frente a las inclemencias del tiempo.

Yo me enteré esta mañana a las nueve y diez leyendo el diario mientras desayunaba en la cocina viendo caer la lluvia a través de la ventana. Y ahí mismo decidí mudarme al pueblo vecino, porque allá llueve y sale el sol sobre justos e injustos a cualquier hora. Y como corresponde, sin avisar.

Por eso me voy del pueblo: prefiero maldecir mi suerte al pisar una baldosa floja a dejar que otros decidan cómo debiera yo disfrutar de la lluvia.

Leído en la apertura del programa 140

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